Informe de reclutamiento

FAHRENHEIT

Nombre real: Raimon “Ray” Roig

Técnico en telecomunicaciones e ingeniero informático.

Especie: Humano. 

Edad: 11 ciclos Riawlent (22 años terrícolas).

El perfil del Sr. Fahrenheit no solo encaja con la misión, sino que es de una importancia vital para el buen desarrollo del proyecto Fénix por varios motivos fundamentales: 

  1. Dicho individuo es en sí mismo una figura controvertida. Sus reiterados actos delictivos contra las instituciones Riawlent lo han convertido en una amenaza creciente. Sin embargo, su reciente detención pone al ejército en una posición privilegiada con respecto al Sr. Fahrenheit. 
  2. El encausado posee conocimientos técnicos en sistemas cerrados y una elevada comprensión de la seguridad de los sistemas de información Riawlent. Esto lo hace un activo muy valioso para garantizar la seguridad de un proyecto confidencial. 
  3. Si bien es cierto que su condición de disidente político puede arrojar ciertas dudas sobre su reclutamiento, sería un error no tomar en consideración aprovechar un talento de tal magnitud.
  4. Su resistencia a la autoridad es conocida, predecible y, por tanto, gestionable. 

***

La sala de detención estaba prácticamente a oscuras. Solo un foco de luz iluminaba a Fahrenheit, que estaba sentado en un incómodo asiento de piedra (estilo reptiliano clásico) y esposado a la mesa que tenía delante. 

Hilbert no estaba en la sala, lo veía todo a través de una cámara y estaba absolutamente fascinado. Había sido el mismísimo General de Ejército Varani quien había insistido en interrogar personalmente al detenido, y no parecía estar haciendo progresos. El interrogatorio había durado horas, casi 24 horas terrícolas. Pero aquel cabrón no dejaba de sonreír. 

—Vamos, General… Si ya casi somos íntimos —le dijo Fahrenheit a Varani—. Yo creo que ya podemos tutearnos y todo.

Varani golpeó la mesa.

—Basta. Una impertinencia más y le aseguro, Sr. Fahrenheit, que se va a arrepentir. 

—¿Por qué? ¿No me va a invitar a una copa? Pero si este ambiente a media luz es muy íntimo. 

Varani miró a Fahrenheit en silencio. Reprimió un tic en el ojo. Formuló la pregunta directa.

—Un ataque que compromete la cadena de mando del ejército y que ha provocado la peor derrota militar en ciclos no se consigue así como así. ¿Quién le ayudó? ¿Cómo lo hizo?

—Se consigue si eres la hostia en bicicleta como yo, cielo. 

—Volveré a hacer entrar a los soldados de antes, Sr. Fahrenheit —le amenazó Varani.

Pero en vez de provocarle temor, el comentario solo hizo que Fahrenheit sonriera más. Solo que esta sonrisa era, en cierto modo, una amenaza en sí misma.

—Puedes hacer que me peguen todo lo que quieras. Pero no vas a sacarme más, General. Porque no lo hay. Soy la polla. Acéptalo.  

El General golpeó la mesa de nuevo y salió de la sala. Acto seguido entraron los soldados que le había prometido a Fahrenheit. 

Hilbert aún observaba con interés lo que pasaba en el interior de la sala de interrogatorios cuando el líder reptiliano entró en la habitación. Varani hablaba con su secretaria a través del Sistema Informático Integrado que tenía implantado en el cerebro, como el resto de ciudadanos Riawlent.

—Prepárame ahora mismo una sentencia de ejecución inmediata para Fahrenheit. Quiero estar firmándola dentro de una hora.

Al oír sus palabras, Hilbert apartó la vista de la pantalla y miró a Varani.

—¿De verdad vas a ejecutarlo? —dijo sin poder disimular su decepción.

Varani le devolvió la mirada, como si Hilbert de pronto fuese una pequeña mosca que se había posado en su plato de comida.

—Es lo que hay que hacer con los delincuentes de esa calaña, Albert. Parece mentira que tenga que explicártelo.

—No me refiero a eso —se defendió Hilbert—. Ya sé que es lo adecuado en este contexto, sobre todo con ese… —miró a la pantalla durante un segundo— … descaro que tiene Fahrenheit. 

—¿Entonces qué? Explícate rápido. Hoy tengo la paciencia al límite. 

—De acuerdo —dijo Hilbert, poniéndose muy recto y luciendo cara de póker—. Los informes realizados por la sección de comunicaciones e informática avalan lo que está diciendo Fahrenheit. Eso significa que podría haber ideado y ejecutado el ataque él solo. Y si es así… No es que sea un talento, es que es un prodigio.

Varani lo miró de arriba a abajo, evaluándolo. Le había enseñado bien.

—Estás pensando en incluirlo en tu proyectito de ciencias, ¿verdad? —le preguntó sin rodeos. 

—Exacto. 

—Demasiado peligroso —concluyó Varani.

—No si conseguimos que colabore —insistió Hilbert—. Llegar a un trato con él… Como aplazar la pena de muerte si trabaja para nosotros, con posibilidad de revisar la condena. 

Ahora la mirada de Varani reflejaba interés. Hilbert lo aprovechó.

—O podríamos amenazar con algo personal… Con su familia, si la tiene. Hay muchas maneras de convertir una amenaza en algo útil. 

El humor de Varani parecía haber mejorado un poco, porque dijo:

—Bien pensado Albert. Estoy orgulloso del entrenamiento que te he dado.

Una hora después, Varani, acompañado por Hilbert, regresó a la sala de interrogatorios. Fahrenheit seguía sentado, su mirada seguía ardiendo como el fuego, pero tenía aspecto de estar agotado y dolorido. 

En cuanto entraron, Fahrenheit se irguió y sonrió como si no pasara nada. 

—Vaya, pero si es mi General favorito. Y viene acompañado de… Caray, ¿quién es este rubito tan guapo? 

Hilbert se esforzó en mantener la cara inexpresiva y puso un papel sobre la mesa, encarado hacia Fahrenheit, para que pudiese leerlo. 

—Es una orden de ejecución para ti y tu familia, Fahrenheit —le dijo—. Aún por firmar. 

Fahrenheit leyó el papel y luego lo miró a él. La sonrisa había desaparecido. 

—No os atreveréis…

Hilbert levantó las cejas ligeramente.

—¿Apostamos?

Fahrenheit no pudo reprimir un asomo de media sonrisa. Observó a Hilbert con interés, mirándolo de arriba a abajo.

—Ya sé quién eres —le dijo—. Tú eres el famoso Capitán Hilbert, el que va a ser el próximo cacique de mierda en la Tierra.

—Soy el “famoso” Capitán Hilbert —asintió, eludiendo lo demás.

Fahrenheit soltó una carcajada sin humor.

—Cómo os tengo que haber tocado los cojones para que vengan el papá lagarto y su mascota a amenazarme… 

—No es una amenaza, es una sentencia —aclaró Hilbert—. En cuanto el General la firme, será oficial. Detendrán a toda tu familia y los condenarán a muerte. 

Fahrenheit lo fulminó con la mirada.

—Pero —añadió Hilbert— si accedes a trabajar para mí, te garantizo que este papel quedará archivado, y no saldrá a la luz a no ser que hagas algo estúpido como traicionarme. 

—Sí claro, y voy yo y me fío de tu palabra —dijo Fahrenheit.

Hilbert observó a aquel tío. No era más que un chaval delgaducho y desaliñado con aspecto de crío. Probablemente clase media o trabajadora. Ideales firmes. Muy firmes… Y fuerte sentido de pertenencia. Si apretaba un poco más…

Retiró el papel de la mesa e hizo ademán de marcharse.  

—De acuerdo pues —le dijo a Fahrenheit—. Tu familia y tú seréis ejecutados. Es una lástima, tanto potencial y vidas desperdiciadas por no aceptar un trabajo… —se dirigió a Varani—. General, si se me permite, reuniré una escuadra ahora mismo para efectuar la detención y ejecución inmediata de la familia Roig.

Fahrenheit entrecerró los ojos y negó con la cabeza.

—Menudo farol…

Hilbert y Varani dirigieron la mirada hacia él y le observaron durante cuatro segundos enteros con la expresión de alguien que ni siquiera conoce el significado de la palabra “farol”. Tras ese lapso de tiempo, Varani se dirigió a Hilbert.

—Queda autorizada la intervención. 

Fahrenheit se echó hacia atrás en su asiento, pero no reaccionó hasta que Hilbert le tendió al General un bolígrafo con el que firmar la sentencia de muerte.  

—Vale, esperad —masculló—. Está bien. Cago en… No me puedo creer que esté picando en este teatrillo tan burdo. 

Hilbert se apartó de Varani inmediatamente y se giró, reprimiendo una sonrisa.

—¿Tenemos un trato, entonces?

Fahrenheit lo miró con odio contenido.

—Seh. Tenemos un trato. Joder.

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