La presentación en el hangar
El hangar del Centro de Desarrollo Tecnológico del Ejército Riawlent en la Tierra era un espacio inmenso, pero la Fénix 1 destacaba como una bengala en la oscuridad. El color naranja intenso, el más barato de toda la gama, contribuía activamente a esta sensación.
Hilbert miró a todos y cada uno de sus nuevos subordinados, los tripulantes de la Fénix 1… y sintió cómo el mundo se hundía bajo sus pies.
Eran todos jóvenes. Brillantes, pero jóvenes. Y también dispersos.
Liz, por ejemplo, su mano derecha desde hacía unos cuatro años, no paraba de mirar a Brian Brown, el piloto, como si fuera un espécimen especialmente interesante de Homo sapiens al que diseccionar… a la vez que un delicioso bistec poco hecho.
Brian Brown, por su parte, escrutaba la nave naranja, probablemente pensando ya en cómo se sentiría al pilotar una belleza de esas características técnicas.
Andrea Roig era como él. Intentaba prestar atención a su entorno, pero sus ojos se desviaban a la Fénix 1. Parecía estar calibrando la calidad de cada elemento visible y tomando nota para sustituirlo por otro mejor.
Fahrenheit, el hermano de Andrea, no quería estar allí y no miraba a Hilbert. Estratégicamente. Se limitaba a estar de morros, con los brazos cruzados y a dirigir la vista hacia cualquier punto alejado del capitán.
En cuanto a la enfermera becaria Sally McGregor… No estaba en su elemento. Su presencia en el hangar era como la de un pulpo en un garaje: no encajaba. Ni quería encajar. Sally parecía aún más asustada que durante la entrevista que le había hecho Hilbert apenas una semana antes. De hecho, en el hangar, daba la impresión de estar concentrándose para volverse invisible a base de voluntad.
Hilbert cogió aire.
—Damas, caballeros… A partir de hoy ustedes forman parte de la tripulación de la Fénix 1 —empezó Hilbert—. Quiero advertirles de que esta es una misión clasificada, lo cual se traduce en que no habrá margen para la insubordinación, la incompetencia o la falta de compromiso para con sus correspondientes funciones dentro de la nave.
Hizo una pausa y volvió a mirarlos. Ninguno parecía haber escuchado una palabra.
Hilbert alzó más la voz e intentó continuar.
—Yo soy el capitán y el director científico. Cualquier decisión será consultada conmigo antes de llevarse a cabo. Además, cualquier orden recibida por mi parte será acatada sin tener en cuenta conflictos derivados de posicionamientos ideológicos, identitarios o…
—¿Es un modelo DA-42? —le interrumpió Brian.
Hilbert lo miró durante tres segundos más de lo que era normal en un ser humano.
—¿Disculpe?
—La nave —dijo Brian, señalando a la Fénix 1 y mirando por primera vez a Hilbert—. ¿Es un modelo DA-42? Parece una modificación. Y en ese caso… Me gustaría saber qué modificaciones se han hecho.
Hilbert abrió la boca para responder, pero Andrea se le adelantó.
—Está claro que las modificaciones principales se han hecho en los sistemas de propulsión primarios —intervino ella—. Y se le han añadido algunos extras, como radares adicionales. Si te fijas, se ve a simple vista.
—Ah sí… —admitió Brian.
—Antes de despegar, me gustaría echarle un vistazo general —le dijo Andrea a Hilbert.
Él accedió, asintiendo con la cabeza.
—De acuerdo, pero…
—¿Eres nuestra mecánica? —le preguntó Brian a Andrea con interés.
—Sí. Andrea Roig —dijo ella, tendiéndole la mano.
—Brian Brown —respondió él, sonriendo. Le estrechó la mano—. Yo soy el piloto.
Andrea miró a Brian ladeando la cabeza. No era especialmente guapo, pero destilaba cierto carisma natural.
Liz intervino.
—Yo soy Elizabeth Zhao —dijo—. Investigadora.
Brian y Andrea la saludaron cordialmente.
—Como iba diciendo… —intentó Hilbert.
—Este es mi hermano Ray —intervino Andrea, dirigiéndose a Liz y Brian—. Cuando está enfadado es un borde.
—No soy un borde —gruñó Fahrenheit, cortante.
—Nooo… Está claro que no —respondió Andrea. Brian y Liz se rieron.
—¿Eres el técnico informático? —aventuró Liz—. He oído rumores sobre ti, chico.
—No soy “chico”, me llamo Fahrenheit.
—Te llamas Ray, tete.
—¡Joder Andrea! ¡Déjame en paz!
—Ooooh… Ya os he dicho que está enfadado —dijo ella.
Liz se volvió a reír.
Brian miró a Ray.
—¿Tú eres Fahrenheit? ¿El hacker?
Ray reprimió una sonrisa orgullosa.
—El mismo.
—Hostia puta —dijo Brian—. Pues debes tenerlos cuadrados para pasearte por aquí, chaval.
A estas alturas de la conversación, Hilbert se había rendido y los observaba a todos con los brazos cruzados y expresión de impaciencia.
—En serio, ¿qué haces tú trabajando para el ejército? —le preguntó Brian.
—Es una larga historia —dijo Fahrenheit en tono misterioso.
—Lo pillaron y ahora tiene que trabajar para el Capitán Hilbert —confesó Andrea. Ray le lanzó una mirada asesina.
—¿Como unos servicios comunitarios? —preguntó Liz.
Andrea miró a Hilbert un segundo.
—Algo así —respondió. Luego bajó el tono de voz—. ¿Y la chica Oleysiana quién es? —preguntó en un susurro, refiriéndose a Sally.
—Creo que es del programa de inserción de menores procedentes de conflictos bélicos —le respondió Liz.
La cara de Brian cambió de pronto. Miró a Sally como si no se hubiese dado cuenta antes de que estaba allí. Una sombra de culpabilidad le oscureció la mirada.
—No habléis de ella como si fuese una apestada, joder —intervino Ray. Luego alzó la voz hacia Sally—. ¡Chica! ¡Eh, chica!
—¿Yo…?—preguntó Sally con timidez.
—Sí, tú. Ven aquí, que nadie te va a morder.
Sally miró a Ray como si no estuviese convencida de que realmente no mordía, pero finalmente accedió a acercarse.
—¿Cómo te llamas, cielo? —le preguntó Liz.
Sally le sonrió. Liz era guapa, amable y tenía una voz muy agradable.
—Sally McGregor —dijo.
—Bienvenida, Sally.
—Gracias —la muchacha miró al suelo tímidamente.
—¿Vas a ser la enfermera? —preguntó Andrea.
—Sí…
—Pues puedes empezar a revisar a Ray, que no está muy bien de la cabeza.
Todos, a excepción de Hilbert y Ray, rieron.
—Veré lo que puedo hacer… —prometió Sally, siguiendo la broma.
—¿Han terminado las presentaciones? —preguntó Hilbert, molesto.
—Eso —dijo Ray—. ¿Habéis terminado de meteros conmigo?
Hubo varios comentarios de consenso general, con algunas reservas sobre el estado mental de Ray y de su alianza improvisada con el capitán Hilbert.
—Perfecto —concluyó Hilbert—. Entonces vayamos al interior de la nave: les explicaré individualmente las funciones de cada uno y lo que se espera de ustedes.
El capitán Hilbert les explicó a cada uno sus funciones básicas, exceptuando a Liz, con quien ya trabajaba desde hacía tiempo.
La nave constaba principalmente de tres niveles: el nivel inferior, el intermedio y el superior.
El nivel inferior albergaba la sala de máquinas y sistemas. Hilbert se esmeró en dirigirse a los hermanos Roig, ya que eran los que más tiempo iban a pasar en ese espacio de trabajo.
Además de la maquinaria, el nivel inferior contaba con una zona de preparación para los paseos extravehiculares, que permitía salir al exterior de la nave cuando estuviesen en espacio abierto.
El sistema de soporte vital de toda la nave también estaba en el nivel inferior, al igual que las cápsulas de salvamento. Hilbert fue especialmente insistente en el hecho de que, si el sistema de soporte vital fallaba, todos acabarían muertos. Miraba sobre todo a Fahrenheit, aunque este no hubiese matado a nadie directamente en toda su vida.
—¿Y esta puerta? —preguntó Andrea, señalando una puerta cerrada.
—Eso es un almacén para herramientas.
A ella se le iluminó la cara y abrió el cuartucho. La sonrisa se le desvaneció cuando vio que estaba vacío.
—Capitán, le aviso desde ya que tendré que salir a hacer unas cuantas compras —le dijo a Hilbert—. Y repito que quiero revisar yo misma la nave antes de salir.
—… Está bien —cedió Hilbert.
El nivel intermedio era un poco claustrofóbico. En él estaba la cabina de pilotaje de la nave, una lavandería minúscula, una sala de ejercicios diminuta, la enfermería, las habitaciones y una sala común pequeña. La sala común contaba con una cocina americana y una mesa redonda para seis personas.
—Esta cocina parece el Camarote de los Hermanos Marx —dijo Brian, sin pensar.
El único que captó la referencia fue Ray. Se rió por primera vez.
—¡Jajajajaja! ¡Sí que es verdad! ¡El siguiente que tenga que pasar, que se coloque en el hueco del techo!
Para consternación de Hilbert, ambos se echaron a reír.
—Es pequeño porque es funcional —defendió Hilbert.
—Hombre, Albert… aquí podría caber un sofá pequeñito —intervino Liz, señalando un pequeño espacio entre la pared y la mesa.
Él la miró como si le hubiese traicionado.
—Un sofá estaría bien —dijo Andrea—, porque así podríamos estar cómodos en nuestros ratos libres.
—Veré lo que puedo hacer —aceptó Hilbert, a regañadientes.
Pasaron a las habitaciones. Había cuatro, y ellos eran seis.
—Cada habitación tiene una litera y una zona de aseo —les informó Hilbert.
—¿Tenemos que decidir cómo nos repartimos? —preguntó Liz.
—Yo con Brian —saltó Ray de pronto.
Hubo un momento de confusión hasta que el resto comprendió que Ray había sido el más rápido en el reparto.
—Ah no, tete, tú conmigo —dijo Andrea—. Que tienes mucho peligro.
—A mí no me importa —intervino Brian.
—No te importa porque aún no te ha tirado los tiestos —le informó Andrea.
Brian hizo un gesto de sorpresa.
—¡¿No soy un puto acosador, vale?! —le chilló Ray a su hermana.
—No he dicho eso, tete.
Brian levantó las manos en un gesto conciliador.
—Vale, rectifico: compartir habitación con Fahrenheit no me importa… siempre que prometa pedir consentimiento previo —dijo en tono de broma.
—¡JA! —le soltó Ray a Andrea.
—Pero entonces tendrá que haber una habitación mixta… o alguien que duerma solo —dijo Liz.
Hilbert alzó la mano.
—No me habéis dejado mencionar que la habitación del final es la del capitán. Es la mía. Y no se comparte. A partir de aquí, hacedlo como queráis —rápidamente añadió—. Siempre que el reparto no genere conflictos.
Hubo varias quejas, especialmente por parte de Fahrenheit.
—¿Entonces quién duerme solo? —preguntó Liz.
Se miraron entre ellos en silencio hasta que Andrea habló.
—Insisto en que Ray y yo compartamos habitación. Somos hermanos.
—¿Entonces Sally duerme conmigo? —dijo Liz en un tono de voz que sugería que ya había estado haciendo cálculos para quedarse la otra habitación individual.
Sally la miró con timidez. No había abierto la boca desde que habían entrado en la nave.
—Yo… no necesito dormir mucho. Puedo quedarme en la sala común si quieres… —se ofreció.
Hubo varias respuestas en contra.
—Tranquila cielo —cedió Liz. Le pasó a Sally un brazo por encima de los hombros—. Yo comparto habitación contigo. A partir de ahora somos hermanas también, como esos dos.
Las palabras de Liz provocaron que las mejillas de Sally se pusieran de un color entre ámbar y dorado muy extraño. Miró al suelo cohibida.
—Toma ya —sonrió Brian—. Me quedo la habitación individual.
—¡Jodeeeeeeer! —protestó Ray— ¡Yo no quiero compartir la habitación con mi hermana! ¡Ya la tengo muy vista!
—Te jodes —dijo Andrea, mirando al resto con actitud resuelta.
Hilbert esperó a ver si alguien más se quejaba. Cuando estuvo seguro de que no le iban a interrumpir, continuó.
—Bien, si ya habéis decidido, solo me queda enseñarle a la Dra. Zhao el laboratorio, en el nivel superior. No es una zona común, es una zona restringida a la que solo tenemos acceso ella y yo. Si necesitáis contactar conmigo mientras estamos en el laboratorio, usad los canales de comunicación por radio. Son seguros y están cifrados.
—Eso de que son seguros te lo digo luego, Capi —dijo Fahrenheit—. Primero tengo que echarle un ojo a la chapuza de seguridad que le han puesto a esta lata de sardinas.
—Yo tengo que ir a comprar material y herramientas decentes —añadió Andrea.
—Yo voy a ver qué interfaz tiene esta preciosidad —sonrió Brian.
—Yo… tengo que hacer un inventario de los medicamentos y del material que tenemos antes de salir…—murmuró Sally.
Hilbert los miró a todos y por primera vez tuvo la certeza de que no se había equivocado al escogerlos.
—De acuerdo. Cuando terminéis avisadme —aceptó. Y antes de que se fueran les dijo:— Por cierto. Bienvenidos a bordo.
La primera noche
Habitación del capitán
El capitán Hilbert no podía dormir y no solo por el ruido de los motores, que estaban justo bajo su habitación. Es que estaba agobiado. Habían sido semanas muy intensas, llenas de papeleo, pruebas de selección, viajes largos y horas de organización previa.
Y por fin estaba ahí. Por fin Liz y él podrían empezar a trabajar en el proyecto… Era un sueño hecho realidad.
Aun así, estaba preocupado.
Tenía una sensación desagradable en el pecho que le decía que esto no iba a salir bien.
Hilbert no creía en las premoniciones, así que simplemente lo achacó a que estaba nervioso por los acontecimientos.
Se giró sobre su lado derecho y trató de pensar en otra cosa… pero para su completa desgracia, esa otra cosa resultó ser Fahrenheit.
De verdad esperaba no haberse equivocado con él. Fahrenheit era un peligro muy grande. Si se entrometía y le traicionaba, podría acabar con la misión y también con su carrera… Incluso con su vida. Indirectamente había puesto su vida en manos de un disidente político, de un delincuente de alto nivel.
Estuvo a punto de entrar en pánico.
«¿Qué he hecho?»
Luego se recordó a sí mismo que tenía la sartén por el mango. Que tenía una orden de ejecución contra su familia. Que, además, Andrea Roig estaba lo suficientemente preocupada como para haberse involucrado personalmente…
Respiró lentamente, llevando la cuenta.
«¿Si es tan peligroso, por qué lo has fichado, Albert?», se preguntó a sí mismo.
—Era un desperdicio dejar perder un talento así… —murmuró para sí mismo.
«¿Seguro?»
—Es una decisión estratégica, tomada desde un razonamiento lógico impecable —se siguió murmurando.
«Sí. Y ahora tengo la oportunidad de domesticarlo».
—Exacto.
«Lástima no compartir la habitación».
Hilbert gruñó en desacuerdo con sus propios pensamientos, y se giró hacia el otro lado.
«En realidad, es bastante mono… cuando no me está mirando como si quisiera prenderme fuego».
—¡Cállate, Albert, duérmete ya! —siseó.
«Me pregunto si seguirá poniendo esa mirada de rebelde mientras la ch…»
Hilbert se incorporó.
—¡No! —se ordenó.
Se sentó en el borde de la cama.
—No, definitivamente no.
Abrió la interfaz de su Sistema Informático Integrado y se puso a revisar informes y estudios. Revisó de arriba a abajo todo el proyecto Fénix, aunque ya se supiera de memoria cada coma y cada operación.
Le costó un poco concentrarse al principio, pero al cabo de un rato ya no pensaba en su subordinado, sino en el trabajo que desarrollaría al día siguiente.
Y al cabo de una hora, por fin, cayó dormido.
Habitación de los hermanos Roig
Andrea tenía la costumbre de leer antes de dormir. Lo hacía desde niña y le encantaba poder desconectar el cerebro un rato antes del sueño.
El problema era que normalmente no tenía a Ray en la litera de arriba tecleando con furia desde su portátil. En casa, cada uno tenía su habitación y lo que hacían dentro de ella era privado.
Andrea dejó su libro, se levantó y se asomó a la litera de Ray.
—¿Qué haces?
—No te importa —le contestó él de mal humor.
Andrea frunció el ceño.
—Esa respuesta es una muy mala señal.
Ray suspiró de forma teatral, para dejar ver que estaba harto de ella.
—¡No estoy haciendo nada! ¡Deja de tratarme como si fueras mi niñera!
Andrea puso los brazos en jarra y le miró con desaprobación.
—¡No tendría que hacerte de niñera si no la liaras cada dos por tres, Ray!
Él apartó el portátil y se sentó en la litera de forma que le colgaban las piernas.
—¡Deja de hablarme como papá! ¡¡Es que ni siquiera sé por qué coño estás aquí!! ¡¿Por qué le pediste a ese cabrón pomposo de Hilbert que te contratara!?
—¡Para vigilarte!
—¡¿Y quién te ha pedido que me vigiles!?
—¡¡Pues mamá, obviamente!!
—¿¡¡Cómo!!?
Hubo un par de golpes en la pared colindante.
«¡Chicos, estas paredes son de papel! ¿Podéis discutir más flojito?», dijo la voz amortiguada de Liz.
—Perdón —dijeron los dos hermanos a la vez.
«Y no llaméis cabrón pomposo a Albert tan fuerte, o se va a enterar».
—Eso espero, que se entere —dijo Ray.
«Bueno… Vale», le respondió Liz.
—Perdona, Liz, ya bajamos el volumen —le dijo Andrea a la pared mientras fulminaba a su hermano con la mirada.
«Vale, buenas noches», respondió Liz.
«Buenas noches», oyeron la voz de Sally.
Ellos también les desearon buenas noches.
—¿Mamá te mandó a vigilarme? —continuó Ray en voz baja.
—Sí, joder —susurró Andrea—. Está muy preocupada por ti. Siempre lo está, ¿sabes? Pero tiene un trauma desde que la policía Riawlent te sacó de casa detenido. Lo pasó fatal, tete.
Ray bajó la vista al suelo.
—Y encima vas y aceptas trabajar para ellos a cambio de no matarnos a todos… Joder, Ray, es que es muy fuerte —murmuró Andrea.
Ray frunció el ceño.
—Fue idea de tu amiguito, el capitán cabrón —gruñó Ray—. No me dejó alternativa.
—No es mi amiguito —se defendió Andrea—. Y reconoce que todo esto es culpa tuya.
—¿Ahora tengo la culpa de que me haya chantajeado? —dijo Ray volviendo a alzar la voz.
Andrea le chistó y desvió la vista hacia la pared.
—No, pero todo eso de Fahrenheit se te ha ido mucho de las manos, tete… —dijo Andrea—. Está bien ser activista político y todo eso, pero te has pasado y ahora estamos todos metidos en esto.
—Soy el único que le ha tocado los cojones al régimen de Varani en doscientos años de invasión extraterrestre —susurró Ray con furia.
—¿Y merece la pena que maten a mamá y a papá por eso? —preguntó Andrea.
Ray estuvo a punto de responder, pero se contuvo. Porque la respuesta que iba a salir de su boca lo horrorizó.
Cerró los ojos y bajó la cabeza. Andrea se acercó y le acarició la mano.
—Tete, tienes que prometerme que irás con cuidado de ahora en adelante —murmuró Andrea.
Él tardó unos segundos antes de contestar.
—Vale… Te lo prometo.
Ella subió a la litera de arriba, se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.
—Por cierto, Ray… —le dijo al cabo de un rato— ¿Por qué estoy viendo a Brian en la pantalla de tu portátil?
Su hermano sonrió como lo haría un diablillo especialmente creativo.
—He accedido a las cámaras de seguridad. Técnicamente, solo se abriría acceso si hubiese algún incidente y tuviesen que revisar lo que ha pasado dentro de la nave, pero… Prefiero poder cortar lo que me dé la gana.
—Ya… Y mirar lo que te dé la gana, ¿no?
—Jejeje… Culpable.
Andrea miró a Brian a través de la pantalla. Estaba tumbado en la cama, jugando con una consola portátil.
—Es mono, ¿no? —dijo ella.
—¿Te gusta?
Ella levantó el hombro en un gesto de indecisión.
—Si te gusta, no le tiro los tejos —dijo Ray.
—Vaya, qué detalle.
—Créeme, esto es una concesión que solo hago por mi hermanita.
Andrea le sonrió.
—Qué suerte tengo.
Ray le besó la mejilla.
—Ya te digo.
Habitación de Liz y Sally
Liz no estaba muy cómoda con su nueva compañera de habitación. No es que Sally le cayese mal, era que… era tan tímida que apenas hablaba o hacía ruido. Y Liz se olvidaba de que no estaba sola hasta que la veía.
Además, Sally parecía tenerle miedo. Liz no entendía muy bien por qué, aunque sospechaba que Sally tenía miedo de cualquier cosa. Probablemente era una secuela psicológica de haber vivido en una guerra como la de Oley 7.
Liz solo había oído del conflicto por las noticias, pero tenía entendido que la División Terrícola del Ejército Riawlent estaba siendo especialmente contundente en Oley 7. Y cuando las noticias decían “contundente”, lo que realmente querían decir es que estaba siendo una masacre.
Salió del baño con la cabeza envuelta en una toalla y el cuerpo envuelto en otra. Acababa de ducharse para comprobar si el agua salía caliente, con la presión adecuada, etcétera, etcétera.
Sally estaba sentada en la litera de arriba. Tenía los ojos cerrados pero no estaba dormida.
Liz se quitó la toalla que le envolvía el cuerpo para vestirse con el pijama y notó la mirada de Sally sobre ella.
Cuando se giró hacia la chica, esta apartó la vista.
—¿Todo bien, Sally? —le preguntó Liz. Aún iba desnuda.
—Sí… sí. Es que… —Sally se retorcía las manos con nerviosismo—, es que…
—Oye, ya sé que soy muy directa —empezó Liz—. Y que sepas que no voy a cambiarme de habitación por eso, pero me gustaría saber si te gustan las chicas. Porque si te incomoda puedo dejar de pasearme por la habitación desnuda.
Sally puso los ojos como platos.
—¡No, no! ¡Me gustan los chicos! —aseguró—. No me incomoda, es que… es que nunca había visto a otra chica humana desnuda.
Liz levantó las cejas y reprimió una sonrisa.
—¿De verdad?
—Sí. En mi casa las chicas y los chicos no se diferencian mucho. A veces, a algunas chicas les salen flores blancas en el pelo, y a los chicos les salen de color rosa.
Liz se vistió mientras escuchaba a Sally con interés. Sally parecía intentar evitar mirarle el busto… La chica era adolescente y aún no estaba muy desarrollada. Liz pensó que probablemente la comparación la tenía confusa.
Sally continuó hablando.
—Y luego, en el centro de reeducación… —por un momento se estremeció— ahí hay muchos niños diferentes, pero humanos no hay.
Liz se empezó a secar el pelo con la toalla. Se preguntó si una chica mestiza como Sally sería biológicamente igual a una mujer humana. Si tendría la regla o podría tener hijos…
—Eso de las flores es muy bonito —le dijo Liz.
Sally sonrió.
—Sí, es divertido. Porque puedes saber muy fácilmente quién está disponible.
Liz soltó una risilla pícara.
—Me parece súper útil.
Desde la pared de al lado, empezaron a llegarles gritos amortiguados.
«¡No estoy haciendo nada! ¡Deja de tratarme como si fueras mi niñera!»
Era la voz de Fahrenheit, el hacker.
Liz y Sally se miraron sin saber muy bien qué hacer.
«¡No tendría que hacerte de niñera si no la liaras cada dos por tres, Ray!»
«¡Deja de hablarme como papá! ¡¡Es que ni siquiera sé por qué coño estás aquí!! ¡¿Por qué le pediste a ese cabrón pomposo de Hilbert que te contratara?!»
Liz se llevó la mano izquierda a la boca y movió la derecha en un gesto que venía a significar «menuda bronca».
La discusión continuó. Sally miraba a Liz y a la pared alternativamente. Volvía a tener ese aspecto de conejito deslumbrado por dos faros en medio de la carretera. Las voces continuaban discutiendo.
Liz decidió intervenir, antes de seguir enterándose de los detalles de la vida familiar de los hermanos Roig y de que Hilbert oyese las palabras “cabrón pomposo” justo antes de su nombre. Dio unos golpes en la pared.
—¡Chicos, estas paredes son de papel! ¿Podéis discutir más flojito? —chilló Liz.
«Perdón», dijeron los dos hermanos a la vez, desde el otro lado de la pared.
—Y no llaméis cabrón pomposo a Albert tan fuerte o se va a enterar.
«Eso espero, que se entere», dijo Ray.
—Bueno… Vale —le respondió Liz.
«Perdona, Liz, ya bajamos el volumen», dijo Andrea.
—Vale, buenas noches.
—Buenas noches —añadió Sally.
Luego ambas se miraron y se hicieron gestos mudos de complicidad.
—Vaya tela —susurró Liz.
—Pues sí… —dijo Sally. Y al cabo de un segundo añadió— pero Ray tiene razón con lo del capitán Hilbert.
Liz dejó la toalla en el cesto de la ropa sucia, dentro del baño, y luego se giró hacia Sally.
—Puede ser —admitió—. Pero tiene sus motivos.
Se sentó en una silla que había en la habitación.
—¿Y qué motivos son? —preguntó Sally.
—Mmmh… Creo que Albert en el fondo es muy infeliz —dijo Liz, tras pensarlo un momento—. Llevo cuatro años trabajando con él y nunca lo he visto salir con nadie, ni escuchar música, ni hacer nada que haría una persona normal. Solo sabe trabajar y quedar bien con el jefe.
Sally la observaba. En sus ojos había cierto grado de escepticismo.
—Es como si le hubiesen reprogramado el cerebro para convertirlo en algo que no sea una persona —dijo Liz.
—En un soldado —dijo Sally.
Liz la miró y de pronto el conejito asustado se había transformado en otra cosa. Algo con una mirada absurdamente adulta. Algo que podía llegar a morder.
—Sí. En un soldado —sonrió Liz—. Aunque, técnicamente, un soldado es una persona… pero entiendo lo que quieres decir.
El silencio se cernió sobre ellas. Del otro lado de la pared les llegó el murmullo de la conversación que estaban manteniendo los hermanos Roig.
—Pero bueno, vamos a dejar de hablar del jefe, que es un rollo —dijo Liz, yendo hacia su bolsa de equipaje—. Creo que es el momento ideal para celebrar una mini fiesta de pijama en petit comité.
Cuando Liz se enderezó, llevaba una botella de ginebra en la mano y una de tónica en la otra. Le guiñó un ojo a Sally con complicidad femenina.
—¿Qué me dices? ¿Te apetece pillarte un mini pedete de inauguración?
Habitación de Brian
Se despertó gritando.
El sudor frío le bañaba el cuerpo entero, y tenía la respiración agitada.
Se sentó en la cama y se llevó las manos a la cabeza, agarrándose el pelo como si pudiese arrancarse las imágenes horribles que se repetían en su cerebro una noche tras otra.
Siempre era el mismo sueño. Siempre era Oley 7. Siempre navegaba fuera de la órbita del planeta en llamas, esquivando los proyectiles rocosos que le lanzaban los Oleysianos y chocando contra los cuerpos mutilados del resto de pilotos de su destacamento. La cabeza de Karim. El torso de Charlie.
Y siempre se despertaba gritando.
Las imágenes podían tardar varios minutos en desaparecer antes de que Brian volviese del todo a la realidad. Y cuando por fin reconocía el terreno y se daba cuenta de que estaba a salvo, le era imposible volver a dormir sin revivir constantemente la misma pesadilla.
Se levantó de la cama temblando y alcanzó su equipaje.
Le habían recetado melatonina para conciliar el sueño y, aunque no le servía de mucho, era mejor que nada.
Rebuscó entre la ropa y no encontró el medicamento.
—Mierda… No me jodas…
Vació la maleta y sus sospechas se confirmaron: se había dejado el bote en casa.
Durante unos horribles minutos, no supo qué hacer. Se sentó en la cama, con la cara entre las manos e intentando no entrar en pánico.
Sabía lo que venía después de haber mentido descaradamente sobre su condición psicológica al ejército. Era una falta grave que conllevaba la suspensión cautelar hasta que un comité formado exclusivamente por reptilianos decidiese que no volvías a ser piloto nunca más. Brian había visto a otros compañeros pasar por el proceso, y no quería por nada del mundo compartir esa experiencia.
Pensó en las posibilidades que tenía. Era probable que alguien le hubiese oído gritar, de acuerdo. Pero no tenían por qué sospechar que eso iba a ocurrir cada noche… aún.
De pronto le vino a la cabeza la sala de enfermería. Seguro que allí había algo que pudiese tomar para conciliar el sueño y poder trabajar en óptimas condiciones por la mañana.
Sí. Genial… Solo que había un pequeño problema: el sistema de seguridad no le permitía acceder a la enfermería sin la enfermera. Y, precisamente, era oleysiana…
—Joder… joder… esto no puede estar pasando —gimió Brian.
Se tumbó de nuevo e intentó dormir, pero cuando cerraba los ojos las imágenes se repetían una y otra vez.
Finalmente, desesperado, se levantó y fue a llamar a la puerta de al lado.
Tocó suavemente con los nudillos. Antes de dormirse, había podido oír a Liz y a Sally conversando y riendo en voz baja, pero ahora no se oía nada.
—¿Hola…? —susurró.
La puerta se abrió y reveló a Sally. Detrás de ella, en la litera de abajo, Liz dormía a pierna suelta. Roncaba ligeramente.
—Hola… —respondió Sally.
Brian la miró, intentando no pensar en que era oleysiana. En el planeta en llamas. En los cadáveres y en los refugiados…
Tragó saliva.
—Perdona por despertarte a estas horas —susurró.
—No estaba durmiendo —contestó ella, también entre susurros.
—Vale… Esto…
—Espera —le dijo Sally. Lo hizo apartarse un poco y salió al pasillo. Cerró la puerta tras ella para no molestar a Liz.
Sally iba vestida con un pantalón corto y una camiseta del centro de reeducación. Ambas prendas llevaban el logotipo que las identificaba.
—¿Has sido tú el que ha gritado antes? —le preguntó ella.
Brian bajó la vista un momento.
—Sí…
—Vale, acompáñame —le dijo Sally.
La siguió con alivio hasta la enfermería. Pero una vez allí, Sally le pidió que se sentara en la camilla y empezó a realizarle un examen rutinario.
—Solo necesito algo para dormir —dijo Brian mientras ella le examinaba el oído izquierdo.
—¿Hace mucho que tienes pesadillas? —le preguntó, pasando al otro oído.
Brian frunció el ceño.
—¿Cómo sabes que no ha sido puntual?
—Tienes bastantes ojeras —le dijo Sally, dejando el otoscopio y cogiendo el fonendoscopio—. Quítate la camiseta.
Brian obedeció.
—Entonces… —insistió Sally—, ¿desde cuándo tienes pesadillas?
Brian suspiró.
—Desde… Hace un tiempo —dijo—. Desde… bueno, desde que me concedieron el traslado hará unos seis meses.
—Seis meses… De acuerdo —dijo Sally—. ¿Te han recetado algo?
—Melatonina.
Sally bufó.
—Reptilianos… No tienen ni idea.
Brian sonrió débilmente.
Sally dejó el fonendoscopio y se quedó mirando a Brian con atención.
—¿Eras piloto de combate?
La pregunta lo pilló desprevenido. La miró a los ojos, pero no pudo aguantar la mirada más de dos segundos.
—Sí.
—¿Dónde?
Brian no contestó. Si hablaba corría el riesgo de echarse a llorar. Si la miraba también. Así que apartó la vista intentando contenerse con todas sus fuerzas.
Durante un tiempo indeterminado que se hizo eterno, ninguno de los dos se movió ni habló.
—Te daré algo para dormir —dijo Sally al fin.
Brian no la miraba, pero el tono de voz había cambiado. Donde antes era suave y blando como un diente de león, ahora era espinoso como un cardo.
—Muchas gracias… —dijo él.
Sally abrió el almacén y salió con un bote. Lo anotó en el albarán y se lo tendió.
—Toma. Prazosina —dijo Sally—. Esto es lo que deberían haberte dado esos inútiles.
Brian fue a cogerlo, pero Sally apartó el bote.
—Pero si vas a tomarlas, más vale que por lo menos aprendas a mirarme a la cara, piloto de combate.
Brian la miró, temblando. Ella, por fin, le dejó coger el medicamento, momento en que él salió de la enfermería.
—Gracias —murmuró antes de salir.
—Es mi trabajo —dijo ella.
Consiguió reprimir las lágrimas hasta llegar a la habitación. Tuvo que sentarse en la cama un rato hasta conseguir calmarse, intentando no hacer ruido.
Oyó cómo ella volvía a la habitación contigua. Miró el bote de pastillas y se preguntó si le habría dado algo que le ayudase o si, por el contrario, querría envenenarlo.
Decidió que si era lo primero, tenía demasiada suerte. Y si era lo segundo, se lo tenía merecido.
Así que se tomó el medicamento, y se fue a dormir.
Gran Hermano Fahrenheit
Los Riawlent eran tan cutres que se merecían todo lo malo que les pasase. Ray había perdido la cuenta de las veces que había podido acceder a sistemas de gran importancia gracias a que nadie se había molestado en cambiar la configuración de fábrica.
Se había puesto a revisar el tráfico interno de la configuración de la Fénix 1 como ejercicio ligero antes de irse a dormir y… Bum. El servidor de vídeo respondiendo en un lugar que no debería. Genial, ni siquiera se había puesto a trabajar en serio aún y ya había encontrado el primer fallo de seguridad. Y gordo: era todo el sistema de las cámaras de la nave.
Respiró hondo sin saber si debería cabrearse, reír o ponerse cachondo.
Detectó un servicio de mantenimiento activo. Probó las credenciales por defecto. Entró a la primera. admin/admin. Joder.
Las imágenes en tiempo real mostraban una nave vacía y lóbrega, excepto aquellas cámaras que estaban situadas en las habitaciones.
Miró la de la suya y se saludó con la mano. Andrea estaba en la litera de abajo, aparentemente ajena a los logros de su hermano mellizo.
Tras lanzarle un par de besos a la cámara y arreglarse inútilmente el pelo, fue directo a mirar la del capitán Hilbert.
La primera idea que se le pasó a Ray por la cabeza fue contrachantajear a ese cabrón. Liberarse él y a su familia de la pena de muerte mostrándole a Hilbert un vídeo suyo haciendo algo ilegal o vergonzoso habría sido una delicia.
Por un momento, Ray pensó que se lo encontraría pelándosela, o algo así… Lo cual habría sido glorioso. Pero no. Hilbert estaba tumbado en la cama, aparentemente sin poder dormir.
Revisó la grabación previa, por si podía sacar algún fotograma del tío desnudo o algo que pudiese utilizar, aunque fuera una chorrada. Pero no, el muy cabrón se había cambiado en el baño, donde el ángulo de la cámara no llegaba.
De pronto vio que Hilbert se incorporaba y se sentaba en el borde de la cama.
«Vamos, mamonazo… Haz algo para mí», pensó.
—¿Qué haces? —dijo una voz a su lado.
Andrea se había levantado de la cama y estaba mirándole.
Ray tecleó un comando rápido y la cámara cambió.
—No te importa —le contestó él de mal humor.
Después de eso, mientras discutían, Ray no podía dejar de pensar que, quizás, se estaba perdiendo algún secreto jugoso de Hilbert… Bueno, lo revisaría más tarde.
Entonces Andrea subió a la litera y vio el portátil. La cámara ya no enfocaba a Hilbert, pero sí a Brian, el piloto.
—Es mono, ¿no? —dijo ella.
Ray lo miró. Le caía bien, pero no era su tipo.
—¿Te gusta?
Ella levantó el hombro en un gesto de indecisión.
—Si te gusta, no le tiro los tiestos —dijo Ray.
—Vaya, qué detalle.
—Créeme, esto es una concesión que solo hago por mi hermanita.
Tras unos minutos más de conversación fraternal, Andrea le dio las buenas noches y bajó a su litera. Ray no se atrevía a cambiar a la cámara de Hilbert hasta estar seguro de que ella se había dormido, así que fue alternando entre las cámaras de Brian y Liz/Sally.
A diferencia de Hilbert, Brian y Liz sí que se desnudaban delante de las cámaras. A Ray las chicas no le interesaban especialmente (aunque en caso de necesidad, tampoco decía que no), pero tenía que reconocer que Liz tenía unas tetas espectaculares.
«Brian no está mal, pero no está tan bueno como ese cabrón pomposo de Hilbert», pensó. Después de analizar el pensamiento, negó enérgicamente con la cabeza, como si eso pudiese borrarlo.
Vio cómo Liz y Sally estaban bebiendo ginebra en una especie de fiesta de pijama medio improvisada. Estuvo a punto de ir a divertirse con ellas con la excusa de que estaban haciendo ruido, pero entonces oyó la respiración suave de Andrea. Por fin se había dormido. Moverse ahora la despertaría, así que decidió volver a observar a Hilbert.
Estaba sentado en la cama sin hacer nada. Por cómo movía de vez en cuando la mano derecha, Ray intuyó que se estaba desplazando por la interfaz “manual” de un Sistema Informático Integrado Riawlent.
Así que Hilbert tenía uno de esos implantado en el cerebro… Muy interesante.
Siempre le había llamado la idea de colarse en uno de esos, pero nunca había tenido la oportunidad de hacerlo.
Los Riawlent mantenían un control exhaustivo de los SII implantados en cada uno de los individuos considerados “ciudadanos”. Por lo que tenía entendido, archivaban y custodiaban celosamente los SII recuperados de los Riawlent fallecidos. Además, el dispositivo contaba con un sistema de seguridad que lo “quemaba” si el usuario fallecía, por ejemplo, en el campo de batalla o un entorno igualmente hostil.
Además de permitir la comunicación externa mediante llamadas y mensajes, los SII podían registrar recuerdos en diferentes tipos de archivos. Por tanto, el material que Hilbert tenía en la cabeza podría ser una mina. La idea de acceder a esa información era, para Ray, casi como tener un sueño húmedo.
Cagarla hackeando uno de esos podría hacer que un “lagarto” se volviera loco, así que Ray decidió que la posibilidad de joder a Hilbert de una forma tan espectacularmente retorcida merecía comenzar a investigar mejor el tema de los SII.
Pasó un rato mirando a Hilbert a través de la pantalla, mientras pensaba en la mejor manera de comenzar a “observar” el tráfico de las comunicaciones de su implante. Al cabo de un rato de estar cavilando, notó que se le cerraban los ojos. Miró a Hilbert y vio que se había quedado dormido, momento en que se permitió dormirse él también.
***
Le despertó un grito.
Se sobresaltó tanto que estuvo a punto de tirar el portátil que aún seguía en su regazo. Enseguida miró por las cámaras para detectar el origen del ruido.
Hilbert también se había despertado y, en esos momentos, estaba asomado al pasillo desde la puerta de la habitación.
Andrea se movió en sueños, pero no se despertó.
Ray revisó rápidamente las cámaras. Liz dormía como un lirón, pero Sally también se había despertado y también se había asomado al pasillo. Ray vio a Hilbert intercambiando un par de palabras con ella. Luego ella volvió a entrar en la habitación y Hilbert continuó andando pasillo abajo, haciendo ronda.
Ray siguió mirando cámaras hasta que vio a Brian sentado en la litera, con las manos en la cabeza.
—Así que has sido tú… —susurró.
Brian parecía haber tenido una pesadilla. Se levantó y empezó a vaciar la maleta, en busca de algo.
«Venga, hombre, no me jodas…» pensó Ray.
No era justo. Él quería pillar a Hilbert haciendo algo ilegal, no al pobre piloto. Aun así, siguió observando a Brian mientras paralelamente iba siguiendo el itinerario de Hilbert por la nave.
Cuando Hilbert estaba paseando por el nivel inferior, Brian salió de la habitación y llamó a la puerta de Liz y Sally. Para su horror, Sally y Brian fueron hasta la enfermería.
—Tíos, os va a pillar… —murmuró Ray.
Hilbert hizo ademán de ir a la escalerilla que subía al nivel intermedio. Si alguien no hacía algo, el capitán vería la luz de la enfermería e iría a ver qué pasaba.
Ray no sabía qué estaba tomando Brian, pero era evidente que había mentido en su evaluación psicológica. Y eso lo sabía porque Ray las había leído todas.
Brian le caía bien, y parecía que a su hermana le gustaba… No podía dejar que Hilbert le pillara el primer día, así que cerró la tapa del portátil, bajó de la litera intentando no hacer ruido y salió corriendo de la habitación.
Tal y como sospechaba, la puerta y la luz de la enfermería estaban abiertas.
Oyó la voz de Sally.
«¿Desde cuándo tienes pesadillas?»
Brian suspiró.
«Desde… hace un tiempo», dijo. «Desde… bueno, desde que me concedieron el traslado a la división científica. Hará unos seis meses».
«Seis meses… De acuerdo», dijo Sally.
Ray bajó al nivel inferior y se encontró casi cara a cara con Hilbert.
Hilbert lo miró sorprendido.
—¿Fahrenheit? ¿Qué haces aquí?
Ray se quedó en blanco una milésima de segundo antes de que su instinto tomara el control. Apoyó un codo en la escalerilla y le guiñó el ojo a Hilbert.
—Solo daba un paseo nocturno, Capi… ¿Y tú?
Hilbert miró a su alrededor.
—Me ha parecido oír un grito hace un rato y…
—Y has decidido salir a cazar vampiros —terminó Ray.
Hilbert frunció el ceño, confuso.
—¿Vampiros?
—Claro, de los que te la chupan… La sangre, quiero decir —dijo, levantando las cejas.
Casi pudo ver el cerebro de Hilbert cortocircuitando. Consiguió no echarse a reír. Para Ray, estaba claro que Hilbert no acababa de encajar que otro tío se le insinuase.
—Eh… No —consiguió decir Hilbert—. Eso no existe.
—¿Y cómo lo sabes? —dijo Ray, apartándose de la escalerilla y acercándose un paso—. Puede que yo sea uno.
Hilbert lo observó inmóvil, como si de pronto se hubiese convertido en una estatua de sal. Ray se acercó otro paso.
—Creo que es el momento de que volvamos a la cama —dijo Hilbert, después de tragar saliva.
—Uh… qué directo eres.
—Buenas noches.
Hilbert lo esquivó con una elegancia que no acababa de encajar con su cara de susto y subió las escalerillas.
—¡Espera Capi! —le llamó Ray, intentando retenerlo en vano.
Subió detrás de él deseando de veras haberles podido dar tiempo a Brian y Sally de volver a sus habitaciones.
Al parecer, estaban a salvo, ya que las luces estaban apagadas y las puertas cerradas.
Hilbert huyó pasillo abajo hasta su habitación. Ray reprimió una risa traviesa y volvió a la suya. Una vez dentro, subió a la litera sin despertar a su hermana y se tumbó mirando el portátil otra vez.
Brian y Sally estaban en sus respectivas habitaciones. Los dos estaban llorando en silencio. Ray suspiró… Esa guerra era una puta mierda, joder.
Decidió cambiar a Hilbert, a ver si podía divertirse un poco a su costa, pero parecía haberse encerrado en el baño.
Volvió a cambiar a Brian y vio que se tomaba una pastilla.
—Buenas noches, colega —le susurró antes de quedarse dormido.

