La Fénix 1 aterrizó en “Cachorro”, el puerto espacial más concurrido, importante y caótico del Sector Delta. En Cachorro podías encontrar de todo. Casi literalmente. Artículos de contrabando, minerales y materiales raros, naves robadas, trabajadores sexuales de cualquier especie dispuestos a hacer cualquier cosa… Y, lo más importante, Andrea podía encontrar las piezas para sustituir el estabilizador de potencia que Brian había quemado hacía dos semanas.
La compuerta de la nave se abrió y ambos salieron discutiendo.
—Yo es que todavía no lo entiendo —decía Andrea—. ¿De verdad es necesario poner la nave a velocidad supralumínica en menos de 4 segundos?
—Si te persigue una horda de insectoides, sí —se justificó Brian.
—Por enésima vez, Brian, no nos perseguían. Solo nos avisaban de las obras de mantenimiento en el agujero de gusano 7-342. Pero tú pasas de las comunicaciones —bufó ella enfadada—. Eres el peor piloto del mundo.
—Repite eso —la retó Brian, con el orgullo herido.
—¿He dicho del mundo? —dijo Andrea con malicia—. Quería decir del universo.
Antes de que Brian contraatacara, Liz se interpuso entre los dos y les pasó a cada uno un brazo por detrás de la espalda.
—Niños, niiiiños… ¡No os peleéis! —dijo, intentando calmar las aguas—. Mirad el lado positivo… ¡Varani nos ha dado permiso para venir de compras al Sector Delta!
—¿Yupi? —dijo Brian.
Andrea sonrió.
—En realidad, nos ha dado permiso a Brian y a mí para reponer las piezas que hay que sustituir —aclaró—. Se supone que el resto se tendría que quedar dentro de la nave.
Liz hizo un mohín adorable.
—Ya, pero yo nunca he estado tan cerca de Triaun. Ni en Cachorro. Y aquí hay las mejores tiendas y todos los restaurantes de comida exótica que puedas encontrar… Y como vosotros no os vais a chivar…
—Nosotros no —dijo Brian—. Pero él puede que sí.
Brian señaló a una de las ventanas de la nave. La cara de decidida desaprobación del Capitán Albert Hilbert se asomaba por una de ellas.
Liz bufó.
—Jolín, mira que es aburrido… Yo quería ir a comprarle modelitos monos a Sally… —dijo Liz. Luego se acercó al oído de Brian y susurró—. Y un conjunto sexy para mí… No sé, algo que recuerde a la Princesa Leia en Tatooine…
Brian se quedó paralizado un momento. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, tras el cual se giró hacia la puerta de la nave.
—Voy a hablar con él —dijo resuelto.
Atravesó los pasillos de la nave buscando a Hilbert. Aunque su cabeza ya proyectaba la imagen de Liz en cosplay sexy de la Princesa Leia, necesitaba que la fantasía se convirtiese en una realidad.
Accedió a la sala común y vio a Ray Roig y a Sally McGregor sentados a la mesa, tomando un café.
—¿Habéis visto a Al? —preguntó.
—Sí —dijo Sally, claramente enfadada—. Ha venido, ha prohibido que salgamos fuera y se ha largado.
—¿A su camarote?
—Seh. Seguramente a sacarse el palo de escoba que tiene metido por el culo, o algo así —dijo ella.
Ray soltó una risilla.
—Joder, qué imagen —gruñó Brian poniendo cara de asco—. Vale, voy a intentar convencerlo para que os deje salir.
—A mí me deja salir —intervino Ray con voz cantarina.
Sally y Brian lo observaron.
—Pero si ha dicho que no —dijo Sally.
—No. Ha dicho textualmente: “McGregor, ni se te ocurra salir de la nave”. De mí no ha dicho nada —puntualizó Ray con una sonrisa que le hacía parecer el gato de Cheshire.
—¿Y esas preferencias? —preguntó Brian.
Ray bebió de su café, fingiendo dignidad.
—Tengo mis métodos.
Sally y Brian se miraron.
—Vuelves a follártelo —dijo ella.
—Sí… Joder, qué imagen —repitió Brian, frotándose los ojos para intentar borrar la imagen mental.
—¿Qué? No —dijo Ray—. Hablaba de otros métodos. Extorsiones, chantajes…
—Que sí, Ray, que no queremos saber vuestros juegos sexuales —lo cortó Brian.
—¡Que no son…!
—Si tanto caso te hace, convéncele tú de que nos deje salir a Liz y a mí —lo interrumpió Sally.
Ray la miró y ella se le acercó con aire conspirativo.
—Liz me llevará a comprarme ropa y… pensaba comprarme algo sexy para… ya sabes… —susurró.
Él se le acercó.
—Para robarle el novio, ¿no? —susurró Ray, señalando a Brian con la mirada durante medio segundo.
Sally puso una sonrisa traviesa y se encogió de hombros.
—Eh —dijo Brian—. Si susurráis cuando estamos los tres solos sé que estáis hablando de mí, cabrones.
—Solo decíamos que Liz pensaba comprarse un bikini a lo Princesa Leia —dijo Sally en voz alta.
—Ah sí… Sí. Joder, sí —dijo Brian recordando de pronto el poderoso motivo que le había llevado allí—. Va Ray. Habla tú con Al.
—Y una mierda.
—Por favor, colega… —dijo Brian.
—Va, porfa Ray… —suplicó Sally.
—Ve y ayúdale con esa escoba —se rió Brian.
—Igual te deja meterle otra cosa —siguió la broma Sally.
—Sois un par de gilipollas —gruñó Ray, levantándose—. Lo que hay que hacer por la amistad, joder.
***
Si el Sector Delta era un nido de alimañas, Cachorro era el criadero. Solo estaba a unos pocos años luz de Triaun y, a pesar de que Ray se había asegurado de cambiar las credenciales de la nave para que no la pudiesen identificar como “nave procedente de los dominios Riawlent”, Hilbert estaba nervioso.
El Capitán de la Fénix 1, Albert Hilbert, observaba el puerto espacial concurrido y caótico desde la ventana de su camarote, con los brazos cruzados. A Hilbert, como humano criado entre reptilianos, le gustaba el orden. Y orden era justo la antítesis de lo que se desarrollaba justo delante de sus ojos. Desde que se había asomado ya había visto, como mínimo, veinte potenciales delitos graves y ochenta faltas, incluyendo contrabando, consumo de sustancias prohibidas, consumo en la vía pública, vandalismo y prostitución.
Además de todo esto, era bien sabido que, a pesar de que atracar en Cachorro no estaba prohibido para nadie, cualquier nave Riawlent tenía un porcentaje que sobrepasaba el 95% de ser saqueada. Por eso mismo, Hilbert llevaba en la cintura el arma reglamentaria, y no pensaba quitársela hasta que estuvieran otra vez en territorio seguro.
Alguien tocó con suavidad la puerta del camarote. Antes de poder decir nada, la puerta se abrió. Hilbert se relajó un poco cuando vio que era Ray.
—Hey —le saludó Ray.
—Hola —dijo Hilbert.
Ray entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se quedó quieto un momento cuando vio la funda del arma en su cintura. Hilbert desvió la vista. Volvió a mirar por la ventana y esperó el chiste…
—¿Todo bien, vaquero? ¿Protegiendo la finca? —dijo Ray. Ahí estaba.
—Van a tener que matarme si quieren saquear esta nave —aseguró Hilbert.
No vio la sonrisa de Ray, pero supo que estaba sonriendo.
—Genial, Charles Bronson —se rió Ray.
—No sé quién es —dijo Hilbert—. Sabes que…
—… que no entiendes nuestras referencias culturales —terminó Ray—. Lo sé.
Ray se sentó en la cama sin pedir permiso, como solía hacer siempre que entraba en su habitación. Hilbert lo miró sin descruzar los brazos. Intentó no pensar en que estaban a solas, en su habitación, con Ray en su cama…
—Esto es territorio enemigo —dijo Hilbert, tenso—. Ha sido una idea horrible venir aquí.
—No es para taaaaaanto —dijo Ray, quitándole hierro al asunto.
—¿Que no es para tanto? ¿Y si descubren que la Fénix 1 forma parte de un proyecto científico Riawlent? ¿Y si entran, fuerzan la entrada del laboratorio y roban todos los datos? ¿Y si la Armada Triaunuki consigue desarrollar Fénix antes que yo?
—¡Dios mío! —exclamó Ray, sobreactuando—. ¡¿Y si entra un tigre ahora mismo por esa puerta y se me come la cabeza!?
Hilbert frunció el ceño.
—Crees que exagero.
—No lo creo, cielo. Lo sé.
Hilbert volvió a mirar por la ventana. Una pareja Triaunuki estaba fornicando a plena vista. Hilbert negó con la cabeza mientras ponía expresión de disgusto.
Ray se levantó de la cama y se le acercó.
—Además, las chicas quieren salir de compras…
—No.
—Solo quieren comprarse ropa chula —insistió Ray.
—No están autorizadas —respondió Hilbert.
Ray le tocó el cuello del uniforme, fingiendo que se lo ponía bien.
—Y además… Había pensado que podríamos salir tú y yo. Solos.
Hilbert se quedó muy quieto y no contestó.
Ray y él tenían… historia. Una historia larga y complicada que había empezado con Ray siendo el enemigo número 1 del ejército Riawlent y acabado con una casi confesión de amor por parte de Hilbert. Pasando por sexo salvaje, altibajos emocionales, peleas terribles y chantajes muy feos.
En ese momento, sin embargo, estaban “bien”. Según el punto de vista de Hilbert, podrían estar mucho mejor pero por lo menos ahora podían mirarse y hablarse sin hacerse daño constantemente.
Ahora sabían que uno era la debilidad del otro. Estaban en un punto delicado, en que parecía que la relación estaba recomponiéndose. Pero con la sombra del pasado amenazándolos como una mano sosteniendo un martillo encima de un jarrón de porcelana.
Por eso, el simple contacto de la mano de Ray rozándole el cuello era un grito de guerra para Hilbert. Y a pesar de saber que le estaba manipulando, no pudo evitar mirarle a los ojos.
Ray puso media sonrisa juguetona.
—He visto que hay un sitio de comida casera terrícola. Tienen canelones en la carta…
Hilbert entrecerró los ojos.
—Eso es un golpe bajo.
Ray le dedicó una ancha sonrisa.
—Sí.
Hilbert no contestó. Se limitó a mirar de nuevo al exterior, esta vez con cara de preocupación. Tras unos segundos, suspiró.
—Está bien…
—¿De verdad?
—Sí.
Ray le dio un beso entusiasta en la mejilla.
—¡Se van a poner como locas! —exclamó.
Hilbert se tocó la mejilla, en el sitio donde le había besado.
Antes de que Ray saliera por la puerta, lo llamó.
—Ray.
—¿Sí?
Hilbert se miró el uniforme.
—No puedo pasearme por Cachorro vestido con el uniforme Riawlent… ¿Me prestas algo?
***
Ray salió del camarote de Hilbert con buenas noticias.
Brian no sabía cómo había conseguido Ray cambiar la opinión de Hilbert, pero se hacía una idea y una imagen mental bastante clara. La apartó de su mente con decisión y se concentró en la de Liz con el bikini de Leia.
Estaban todos reunidos en la sala común, y Liz empezó a dar saltitos de alegría.
—¡Qué guay! ¡Qué guay! ¡Qué guay! —exclamaba emocionada—. Ray, sé que a veces no he sido muy agradable contigo, pero hoy te has ganado mi respeto.
Ray levantó una ceja.
—Mira qué bien —dijo. Por un momento habló exactamente igual que lo habría hecho Hilbert—. Pero no lo he hecho por ti.
—Ya, lo has hecho por nuestra niña —dijo Liz, señalando a Sally con ambas manos—. Porque de verdad necesita deshacerse de la ropa monitorizada reglamentaria para menores y vestirse como la mujer preciosa que es.
El comentario hizo que a Sally le subieran los colores. Había entrado a trabajar como becaria en la Fénix 1 con quince años. Ahora estaba cerca de cumplir los diecisiete y la verdad es que un cambio de armario no le iba a ir mal. Ray las miró a ambas, luego a Brian, y sonrió con el aspecto de alguien que esconde un secreto que haría temblar los cimientos de la civilización.
—No me des las gracias todavía —le dijo Ray a Liz.
Brian notó que alguien le tocaba el brazo para llamar su atención. Era Andrea.
—¿Podemos irnos ya, Brian?
Él frunció el ceño.
—¿Es que tienes prisa, o qué?
—Pues sí —le respondió, cruzándose de brazos—. Tenemos un margen de 24 horas para comprar el estabilizador, y no solo tengo que comprarlo. También tardaré un tiempo en reponerlo por el que rompiste.
—Joder… A veces eres peor que Al —se quejó Brian.
—¡Estoy de acuerdo! —intervino Ray—. A veces pareces su hermana en vez de la mía.
—¿La hermana de quién? —dijo la voz de Hilbert desde detrás de ellos.
—La tuya. Dicen que nos parecemos —le informó Andrea.
Hilbert sonrió.
—Eso es bueno.
—Depende de a quién preguntes —intervino Sally desde el fondo de la sala. Liz le chistó. Demasiado tarde.
—McGregor —le dijo Hilbert—. Saber cuándo mantener la boca cerrada es una virtud que se adquiere en la adultez. Puede que no esté preparada para salir de la nave hoy.
Ella le miró con odio.
—No. Vale —gruñó finalmente Sally—. Ya me callo.
Hubo varios segundos de silencio cargado. El odio de Hilbert y Sally era visceral, y cada día parecía crecer un poquito más. Brian decidió intervenir.
—Vale, pues si realmente Andrea tiene tan poco tiempo para poner la nave a punto, más vale que vayamos tirando.
—¡Por fin…! —dijo ella.
Liz levantó a Sally de la silla y la arrastró hasta la puerta.
—¡Os acompañamos un rato!
Los cuatro salieron de la sala común dejando a Ray y Hilbert a solas. Ray lo miró de arriba a abajo.
—Vale, pues yo voy a transformar al oficial Riawlent en un civil —dijo para sí mismo—. Pero con estilazo.
***
ANDREA Y BRIAN
Liz y Sally acompañaron un rato a Brian y Andrea, hasta que encontraron uno de los múltiples mercadillos dedicados a la industria textil de Cachorro, momento en que se separaron.
Andrea estaba decidida a terminar con aquello lo antes posible. Ya bastante malo era haber tenido que aterrizar de urgencia… para encima tener que aguantar a Brian. No era justo. Ella misma podría haber salido sola a comprar las piezas, no necesitaba a un tío que la vigilase o la acompañase. Ni tampoco a Brian.
Más le valía terminar con aquello enseguida.
—Podríamos preguntar en alguno de los desguaces —propuso Brian. Andrea andaba tan deprisa que él iba trotando detrás de ella—. Dicen que por aquí las naves Riawlent duran poco enteras.
—La Fénix 1 no es una nave Riawlent —sentenció Andrea secamente—. Sabes que es un modelo DA-42 de fabricación Romualdiana con modificaciones.
—Vale, pero el estabilizador sí que es riawlent —argumentó Brian.
Andrea se detuvo de pronto, cosa que hizo que Brian casi chocase con ella. Se giró hacia él con aire decidido y el ceño muy fruncido.
—Vale, Brian. Piensa por una vez en tu vida, ¿quieres? —le espetó—. Vamos a un desguace, compramos una pieza robada, ¿y luego qué? ¿Con qué factura la justificamos? ¿Vamos y le decimos a Albert y a Varani que es una pieza robada y que hemos cometido un delito intentando arreglar la nave?
Brian frunció el ceño.
—Eh. Tranquilita. Yo tampoco quiero estar hoy aquí contigo —dijo enfadado—. Podría estar por ahí con mi novia teniendo un puto día de puta madre en uno de los hoteles para follar que hay por aquí.
Ella puso los ojos en blanco un momento.
—O sea, haríais exactamente lo mismo que dentro de la nave, solo que pagando.
Brian la miró durante un momento de duda sorprendida. Su cara era un reflejo cristalino de lo que estaba pensando, que era: «¿Nos han oído?»
—Sí, os hemos oído —le respondió ella antes incluso de que él preguntara—. Las paredes son de papel, Brian. Os oímos cada puñetera vez que ponéis vuestra lista de reproducción de canciones románticas para follar.
Andrea hablaba en un volumen más alto del que necesitaba para esa conversación. Por suerte, en Cachorro a nadie le importaba lo que decían los demás en voz alta por la calle.
—Y, por cierto —añadió—. ¡Barry White es lo más cutre del mundo!
Sin esperar respuesta, Andrea se giró y siguió caminando. Brian la siguió un par de segundos después, pero ya no dijo nada más.
El primer sitio donde pararon era un puesto permanente de piezas nuevas. El tendero era un Romualdiano con cara de saber exactamente la clase de pardillos que eran Andrea y Brian: Unos que no tenían margen para negociar.
—Quince mil créditos, de ahí no puedo bajar —dijo el Romualdiano.
—No tenemos tanto presupuesto —dijo Andrea intentando sonar tajante.
Podía ver de reojo a Brian inclinado sobre un condensador de flujo nuevecito, examinándolo con ojo clínico.
—Vaya, pues es una pena —dijo el Romualdiano—. Porque el precio es de quince mil créditos.
—Una pregunta —intervino Brian de pronto— ¿Podrías decirme dónde puedo encontrar artículos de joyería?
El tendero y Andrea lo miraron a la vez.
—¿Qué? —preguntó Andrea.
—¿Qué estás buscando, chico? —le preguntó el tendero, viendo una oportunidad de negocio.
—Pues un anillo para mi novia —confesó Brian.
—¿¡Qué?! —exclamó Andrea.
—¿Un anillo? ¿Sexual? —preguntó el Romualdiano en tono confuso.
Brian se rió.
—No, uno de compromiso. Es un símbolo terrícola de que estás comprometido con alguien para toda la vida y tal…
El tipo lo miró. Y para horror de Andrea, luego la miró a ella.
—¡¿Brian, podemos hablar un momento!? —dijo Andrea mientras lo cogía del brazo y lo apartaba del puesto.
Lo arrastró hasta un callejón.
—¡¿Se puede saber qué haces!? —le chilló ella.
—Joder. ¿Qué coño te pasa ahora? ¿Qué he hecho mal?
—¡¿A ti te parece normal ponerte a buscar un anillo de compromiso para Liz AHORA?!
—No me grites, Andrea.
—¡Es que esto es alucinante! —siguió chillando ella—. ¡Estamos en medio de una misión y tú te pones a preguntar por cosas personales!
—Solo he preguntado, cojones —se defendió Brian—. Ni que lo hubiese pagado con el presupuesto para la pieza.
—¡Es que solo faltaría!
—¿Por qué coño te molesta tanto? —preguntó Brian.
—¡Porque no te soporto! —confesó—. ¡Eres un irresponsable y siempre acabas dándome problemas! ¡No sé por qué te han hecho venir conmigo! ¡Yo sola puedo comprar una puñetera pieza, no te necesito para nada!
—Ah sí, ¿eh? —dijo Brian, enfadado.
—¡Pues sí!
—Vale, pues vamos a hacer una cosa —propuso Brian—. Vamos a separarnos y cada uno busca la pieza por su lado. El que la encuentre antes y más barata se gana el derecho a poner Barry White cuando le salga de los cojones.
La frase de Brian implicaba que Andrea iba a perder, cosa que la enfureció.
—¡Tengo una idea mejor! ¡El que gane tiene derecho a pegarte una patada en las pelotas con las botas de seguridad puestas!
—Qué poco original —la picó Brian.
—Pues anda que tú… —gruñó Andrea.
—Vale, trato hecho.
Brian se escupió en la mano y se la tendió a ella. Andrea puso cara de asco, pero finalmente se escupió también y se la estrechó.
Salieron del callejón tomando direcciones distintas.
***
LIZ Y SALLY
—Ay, mira qué cosa más mona —dijo Liz por enésima vez en media hora, enseñándole a Sally una blusa rosa—. ¿Por qué no te la pruebas?
Sally iba detrás de ella con los brazos cruzados, mirando las hileras de ropa colgada con desinterés. Había tardado diecisiete años en darse cuenta, pero ahora sabía a ciencia cierta que eso de ir de compras no era lo suyo. Además, el entusiasmo de Liz solo la agobiaba más.
—No sé… no es mi estilo —le contestó Sally, encogiéndose de hombros.
Liz miró la blusa con aspecto pensativo.
—Pues yo me la voy a probar.
Sally suspiró. Liz ya llevaba una montaña de ropa para probarse en una cesta.
—Sí, vale… —asintió Sally.
Liz le dirigió una encantadora sonrisa y añadió la blusa al montón.
Sally no tenía muy claro por qué Liz tenía una obsesión con probarse ropa, si todo le quedaba bien. Incluso en ese momento, que llevaba solo unos pantalones vaqueros, una camiseta de tirantes y una chaqueta de cintura alta estaba espectacular. A su lado, Sally era un pedazo de carne plano y sin formas.
El hecho de ser una mestiza medio oleysiana solo hacía más evidente la diferencia entre las dos: Liz tenía una piel suave mientras que Sally tenía una costra grisácea que parecía la corteza de un árbol. Liz tenía un pelo largo y sedoso mientras que Sally tenía una especie de copa de árbol en miniatura, con hojas rizadas y enmarañadas, que no había manera de domar. Liz tenía una figura preciosa y perfecta mientras que Sally era más plana que una tabla de planchar.
—Mira, esta minifalda te quedaría muy bien —le dijo Liz, interrumpiendo sus pensamientos.
—Es que es de cuadros… —objetó Sally.
Liz se encogió de hombros y puso la falda en su montón.
A ojos de Sally, Liz era la mujer perfecta. Y no solo era guapísima, sino que además era inteligente. Pero el peor problema de todos tenía nombre y apellido: Brian Brown.
—¿Crees que Brian y Andrea conseguirán la pieza o se matarán antes? —bromeó Sally.
Liz soltó una risilla.
—Yo solo espero que Andrea no le haga mucho daño, pobrecito mío —dijo distraídamente, sin apartar la vista de la ropa expuesta.
Hacía tiempo que Sally sentía que, en presencia de Brian, el mundo brillaba de una manera especial. Y hacía más tiempo aún que Brian y Liz eran novios. Encima hacían una pareja estupenda y por mucho que Sally quisiera buscarle pegas a Liz, la verdad es que era muy buena con ella. Así que tampoco podía odiarla.
El universo era injusto.
De pronto Liz miró a Sally, quien sostenía una camiseta negra. Luego miró la cesta que llevaba, que estaba abarrotada de prendas para probarse.
—¿Solo te ha gustado eso? —le preguntó Liz a Sally.
Sally se encogió de hombros.
—Sí, no sé…
Liz la miró pensativa.
—Me parece que no estamos dando con tu rollo —dijo.
Sally bajó la vista al suelo.
—Lo siento.
—No te disculpes —dijo Liz, dejando la cesta de la ropa en el suelo y olvidándose de ella automáticamente—. Ven, creo que he visto un tenderete por aquí que puede ser más de tu estilo.
Liz la cogió de la mano y la arrastró varios puestos más adelante.
—Liz… de verdad, no sé si…
Se detuvieron delante de otro de los puestecillos de ropa dedicados a formas de vida humanoides y sacó uno de los vestidos que había colgados en una percha.
Era un vestido de manga larga pero escotado, de terciopelo morado con encaje negro en la parte baja.
—Oh —dijo Sally.
—Ajá —dijo Liz—. Esa es la reacción que yo esperaba.
Sally se ruborizó.
—¿Quieres probártelo o quieres mirar otra cosa? —le preguntó Liz.
—Me… Me gustaría probármelo —admitió Sally por fin.
Pensó en la cara que pondría Brian al verla vestida como una mujer adulta y, mientras Liz la conducía cogida de la mano hacia los probadores con una sonrisa entusiasta, se sintió como un monstruo.
***
RAY Y HILBERT
Ray se había esmerado y estaba muy contento con el resultado. No todos los días tenía la oportunidad de convertir a un oficial Riawlent en la viva imagen de un contrabandista espacial de película.
En esos momentos Hilbert paseaba a su lado vestido con unos pantalones tejanos, botas de civil, una camiseta oscura un poco ajustada y una chaqueta de cuero ancha que le habían cogido prestada a Brian, para que Hilbert pudiese esconder el arma.
Hilbert parecía un modelo. Lástima que andara como si estuviera desfilando.
—Albert, si no te relajas no vas a colar como un civil.
—No puedes pedirme que me relaje en un sitio como este —argumentó Hilbert.
Ray suspiró teatralmente.
—Eres demasiaaaado estricto —le dijo—. Solo tienes que relajarte. Go with the flow.
Hilbert lo observó durante medio segundo con aspecto preocupado.
—Para ti es fácil decirlo.
Ray se detuvo delante de Hilbert.
—Es fácil decirlo y también hacerlo —aseguró. Le tocó la frente con un dedo—. Solo tienes que dejar de pensar en todas las posibilidades que hay de que algo salga mal.
—Que son infinitas, por cierto —dijo Hilbert.
Ray desvió la vista un momento y luego le cogió de la mano.
—Si estamos juntos, se reducen un 90%. Como mínimo.
Hilbert lo miró a los ojos en silencio. Pareció estar a punto de acercarse, pero Ray lo interrumpió. Su mirada estaba centrada en algún punto detrás de él.
—¡Oh! ¡Mira, una tienda de componentes!
Se acercaron al escaparate cogidos aún de la mano.
—Ooooh… estos son microprocesadores de última generación —dijo Ray embelesado.
Hilbert echó un vistazo al interior de la tienda. Parecía estar vacía.
—No hay nadie, quizás está cerrada —aventuró.
Puso la mano que tenía libre sobre la maneta de la puerta y esta se abrió a la primera. Ray aprovechó y entró directamente, pasando por delante de Hilbert mientras le mostraba una sonrisa radiante.
Dentro hacía calor y no había hilo musical.
—La ausencia de empleados me da mala espina… —susurró Hilbert.
—Deben estar en la trastienda —dijo Ray distraído, mientras miraba los artículos expuestos.
De pronto se oyeron unos leves pasos que venían de detrás del mostrador. De la puerta que conectaba la tienda con el almacén apareció un Triaunuki joven con aspecto felino y cargado con unas cajas. Tenía el pelaje naranja, los ojos verdes y grandes, y brazos biónicos. Llevaba una camisa de manga corta y eso constituía todo su vestuario.
—¡Buenos días! —dijo el dependiente con entusiasmo—. Disculpen, estaba en la trastienda y como estoy yo solo… ¡Los inconvenientes de tener un negocio propio!
Ray oyó que Hilbert daba una respuesta corta, pero como aún estaba distraído, no reparó en qué había dicho.
El dependiente dejó las cajas en el mostrador y se giró hacia Hilbert.
—¿En qué puedo ayudarles? —dijo.
—Solo estamos mirando —contestó Hilbert educadamente.
Y entonces la cara de ese tipo cambió.
—¿Ray? —lo llamó el dependiente.
Al oír su nombre, Ray levantó la vista hacia el origen de la voz. Y entonces el universo entero se paralizó. El aire dejó de entrar en sus pulmones durante la fracción de segundo en que Ray comprendió que estaba viendo un fantasma del pasado.
—¿Felis…?
—¿Felis? —oyó que repetía Hilbert desde un lugar muy lejano.
El dependiente salió de detrás del mostrador y se les acercó. Ray soltó la mano de Hilbert rápidamente.
—Madre mía, Ray…
—Pensaba que habías muerto… —dijo Ray con un hilo de voz.
Felis hizo una sonrisa triste.
—Casi lo consiguen —dijo, mostrando los brazos robóticos.
Ray sintió una punzada de ira en medio del pecho.
—Joder… Qué hijos de puta… —dijo visiblemente turbado—. ¿Pero por qué coño nunca respondiste a mis mensajes…?
—Lo siento… De verdad. Pero es que me dieron por muerto. Y no podía reabrir los canales ni el contacto contigo sin levantar sospechas. Te hiciste un hacker demasiado “famoso” actuando contra los Riawlent…
—¡Porque pensaba que te habían matado en primera línea de infantería! —lo acusó Ray—. ¡Casi me vuelvo loco, Felis!
De pronto, una voz gélida interrumpió el reencuentro.
—Disculpad. Agradecería que alguien me explicara qué está pasando aquí —dijo Hilbert.
Ray lo miró como si de pronto Hilbert hubiese aparecido a su lado. Se había olvidado completamente de su presencia.
—Ah… Eh… —empezó Ray.
—Soy Felis —se le adelantó el dependiente, tendiéndole una mano amistosa y metálica a Hilbert—. Encantado.
Hilbert miró a Felis como si pudiese hacer que se volatilizara solo con pensar en ello. Finalmente le estrechó la mano.
—Albert. Mucho gusto —dijo, aunque su tono de voz sugiriese justamente lo contrario.
—Albert es… —Ray hizo una pausa antes de seguir— un amigo.
Intentó por todos los medios fingir que no había notado la mirada incrédula de Hilbert sobre él. Sin embargo, no pudo evitar ver que Felis miraba a Hilbert de arriba a abajo.
—Ah vale —dijo Felis—. Yo también soy un amigo. Un viejo amigo, ¿verdad Ray?
—Sí…
Hubo varios segundos de un silencio demasiado incómodo.
—¿Por qué no hacemos una cosa? —le propuso Felis a Ray—. Hoy tengo tiempo, así que puedo cerrar y vamos a tomar algo los dos para ponernos al día. ¿Cómo lo ves?
—¿Yo también estoy invitado o me tengo que ir? —preguntó Hilbert.
—¡Claro que estás invitado, hombre! —dijo Felis fingiendo una afabilidad que no parecía sentir realmente—. Los amigos de mi… amigo Ray también son mis amigos.
***
HILBERT, RAY Y FELIS
—Esta guerra es así. Cogen a chavales jóvenes, los mandan en primera línea de infantería contra los lagartos y esperan a ver qué pasa. Triaun, Oley 7, Oyeahlia… Todos hacen lo mismo, porque no tienen ni puta idea de cómo reaccionar ante la organización reptiliana. Así que les sueltan carnaza. Y a veces funciona. Y a veces no, depende de la competencia del oficial Riawlent que lidere la división enemiga —explicó Felis.
Estaban sentados en una terraza, bajo la luz y el calor de la enana blanca alrededor de la que orbitaba todo el sistema solar Triaunuki.
El bullicio de Cachorro los envolvía pero Hilbert tenía que reconocer que, si hubiese estado a solas con Ray, habría sido un momento muy agradable.
—Además, el hecho de que los humanos estén bajo el dominio Riawlent es una putada —dijo Felis, aún hablando de la guerra—. Porque sois muy imaginativos. Demasiado. Y podéis ser más crueles aún que los reptilianos.
A Hilbert no le gustaba estar de acuerdo con Felis, pero reconocía que sus opiniones coincidían en esa última afirmación. Hilbert era humano pero se había criado como un reptiliano. Así que muchas veces era capaz de mirar a la humanidad desde fuera y maravillarse como si la cosa no fuese con él.
Bebió de su vaso. Como no se fiaba del té que podían prepararle en un establecimiento de Cachorro, había pedido un refresco embotellado.
—Eso depende de la persona —intervino Ray, defensor de su propia especie—. Pero vale Felis, lo de la guerra no explica por qué me dejaste creer que estabas muerto durante todos estos años.
Parecía molesto y eso molestaba a Hilbert.
Felis suspiró.
—Vale, mira… La verdad es que estuve a punto de morir y tardé mucho en recuperarme. Me salvó un Oyeahlita que me trajo a Cachorro y tardé varios años en poder pagarme los implantes —explicó Felis—. Pensé a menudo en contactarte pero… La deserción se paga aquí y en todas partes. Y me daba miedo que volviesen a reclutarme y a mandarme a esa puta carnicería…
«Sí hombre, y qué más» pensó Hilbert.
Hilbert era un oficial Riawlent y cualquier oficial Riawlent conocía a su enemigo. Así que también sabía cuando su enemigo mentía.
—Lo siento, Ray— dijo Felis.
—Ya… Bueno, yo también lo siento —dijo Ray suavemente.
Hilbert lo miró intentando disimular su estupefacción. ¿Era posible que Ray se hubiese tragado semejante trola o solo estaba fing…?
Antes de que el pensamiento terminara de atravesar su cerebro, Ray le tocó la mano metálica a Felis en un gesto de comprensiva complicidad.
Una desagradable furia que subió desde las profundidades de sus entrañas invadió a Hilbert, quien no pudo evitar tensar la mandíbula y apretar los puños hasta hacerse daño.
—Esos implantes son muy sofisticados —señaló Hilbert, esforzándose en sonar casual. Falló miserablemente—. Fabricación Romualdiana, ¿verdad? Debe irte muy bien en esa tienda de componentes para haber podido pagarlos en… ¿cuántos años?
Hilbert evitó de forma consciente mirar a Ray, porque sabía que el comentario le habría cabreado. De hecho, su visión periférica captaba cómo le miraba con incredulidad.
Se concentró en mirar fijamente a Felis a los ojos. Felis lo miró a él también con las pupilas dilatadas. Hilbert estaba seguro de que si aún conservara las garras, las estaría sacando.
El duelo de miradas duró unos incómodos segundos tras los cuales Felis soltó una carcajada que hizo que Hilbert diera un pequeño respingo.
—Bueno, es que juego a la lotería, ¿sabes? No todo puede ser mala suerte —dijo Felis.
El comentario relajó visiblemente el ambiente, pero Hilbert vio con alivio que Ray retiraba la mano de la de Felis.
—Bueno, ¿y tú qué Ray? —le preguntó Felis—. Hace unos pocos ciclos oí que “Fahrenheit” consiguió joder él solo toda la secuencia de órdenes de la cadena de mando del ejército Riawlent. Les jodiste bien, ¿eh?
Ray sonrió con orgullo.
—Pues sí.
—Pero las noticias dijeron que te habían detenido —dijo Felis.
Hilbert se quedó muy quieto. Un tiempo atrás los Riawlent habían detenido a Ray (o Fahrenheit, que era su nickname de hacker) y él, Hilbert, le había coaccionado para obligarlo a trabajar para él y el ejército Riawlent a bordo de la Fénix 1.
El problema era que, a día de hoy, la situación había dado un giro de 180º.
—Nadie puede encerrar a Fahrenheit mucho tiempo —dijo Ray con orgullo y su desparpajo característico.
Felis se rió, y Hilbert soltó lentamente el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.
—¿Y tú? —le preguntó directamente a Hilbert—. ¿Alfred, era?
—Albert —corrigió Hilbert sin perder la compostura.
—Ah, eso —dijo Felis—. ¿A qué te dedicas?
—Es comerciante —respondió Ray por él.
Tanto Felis como Hilbert lo miraron. Ray sonrió con descaro.
—De artículos de legalidad dudosa —aclaró.
—¿Contrabando? —preguntó Felis—. Ah, aquí lo podéis decir en voz alta. En Cachorro la mayoría de gente se dedica a eso de una u otra manera.
Luego examinó a Hilbert.
—¿Sabes? No das mucho el perfil de contrabandista.
—Lo sé —dijo Hilbert, cruzándose de brazos y asegurándose con disimulo de que el arma seguía en su sitio—. No todo es siempre lo que parece a primera vista.
Felis volvió a evaluarlo con la mirada de pupilas dilatadas y sonrió ligeramente.
—¿Y hace mucho que… viajáis… juntos? —preguntó Felis mirando de pronto a Ray.
—Ah. Pues… —Ray pareció incómodo de pronto—. Hará un par de… Un año o así. Terrícola, quiero decir.
Felis hizo un gesto de asentimiento y comprensión con la cabeza, tras el cual Ray añadió.
—Es una relación puramente profesional. Bueno, y de amistad, pero sobre todo profesional.
«¿Qué…?»
Hilbert miró a Ray. Sin máscara. No pudo evitarlo.
Cogió su vaso y bebió para disimular lo muchísimo que había dolido eso. Cuando dejó el recipiente en su sitio, no pudo apartar la vista de la mesa.
—Oh, chicos perdonadme —dijo de pronto Felis mirando un dispositivo que sacó del bolsillo de su camisa—. Tengo que ir a abrir a un proveedor. ¡Me había olvidado de que venía hoy!
—Tranquilo —le sonrió Ray—. Te espero aquí.
Felis se marchó, dejando a Ray y Hilbert a solas.
Ray no había tocado la cerveza que se había pedido, pero en cuanto Felis desapareció por la esquina de la calle, vació el vaso.
—Buah… Joder, me cago en la puta —dijo cuando recuperó el aliento.
Hilbert seguía con los brazos cruzados. Ray lo miró.
—Albert, si no actúas un poco nos va a pillar —le dijo Ray.
Hilbert giró la cara hacia él con gesto de incredulidad y los ojos muy abiertos.
—¿Esto es una broma?
—No. Joder… Felis ha estado en la guerra. Se ha quedado sin los putos brazos… Imagínate cómo se sentirá si descubre que ahora trabajo para los Riawlent —le dijo Ray entre dientes.
—Esto es impresionante —dijo Hilbert desviando la cara hacia el lado contrario donde se encontraba Ray—. De verdad, yo alucino contigo.
—¿Conmigo por qué? —preguntó Ray a la defensiva.
—Está mintiendo —le dijo Hilbert.
Ray lo miró durante dos segundos.
—¿Mintiendo?
—Sí.
—Albert, la gente no se arranca los brazos para fingir que ha ido a la guerra.
Hilbert suspiró, tomando paciencia.
—No en eso. Pero sí en todo lo demás —dijo—. Para empezar, ser rescatado del campo de batalla nunca está considerado como deserción. Y para continuar, ningún ejército enviaría a nadie sin brazos a combatir, o al menos no con el tipo de implantes que lleva.
Ray frunció el ceño. Hilbert continuó.
—Además, la excusa de la lotería… Por favor. Es demenci…
—Estás celoso —le cortó Ray.
Hubo un momento tenso en que Hilbert no supo si debía reaccionar con furia manifiesta, con frialdad, con sarcasmo o con violencia. Optó por la indignación.
—¿Cómo? No.
—Como que sí —dijo Ray.
—¿De ese fantoche? No.
—Es muy mono —dijo Ray, pinchando.
Vale. Ahora sí. Violencia.
Hilbert dio un golpe en la mesa.
—¡Esto no tiene nada que ver con sentimientos! ¡Tiene que ver con peligro! ¡Y ese tío es un peligro para nosotros, Ray!
Ray apoyó la espalda en el respaldo del asiento, se cruzó de brazos y de piernas y le miró con aire de “Lo sabía”
—Los celos no son nada sexys, que lo sepas.
Hilbert no pudo reprimir un gruñido de desesperación. Se levantó de su asiento.
—¡Vale! ¡Tú ganas! ¡Tú siempre ganas!
Se alejó a zancadas. Ray lo llamó.
—¿¡Pero a dónde vas!?
—¡Me vuelvo a la Fénix 1! —gritó Hilbert—. ¡No tengo porqué ser testigo de este espectáculo!
Por un momento Hilbert pensó que Ray iba a correr detrás de él y evitar que se fuese. Que pidiese perdón por haber sido un idiota redomado era imposible pero… Por lo menos, esperaba que Ray tuviese la decencia de no quedarse a solas con un tío que claramente era su exnovio.
Tras recorrer varios metros supo que nadie iba a impedirle volver a la nave. Así que siguió su camino con la cabeza hecha un lío y el corazón roto.
***
LIZ Y SALLY
Sally estaba guapísima con ese vestido. Y lo sabía. Había encontrado algo que era de su estilo, que la hacía sentir adulta y que la hacía sentir guapa.
Liz observó cómo se miraba al espejo e intentaba recogerse el pelo desordenado en una coleta alta como la que la propia Liz llevaba en esos momentos. Y acertaba al intentar peinarse así.
Por un momento, Liz se preocupó un poco, pero apartó el pensamiento. Sally no era más que una cría con un pasado trágico marcado por la guerra.
La muchacha dio una vuelta sobre sí misma que hizo que la falda se le levantara al vuelo. Liz no pudo evitar sonreír.
—Estás espectacular, chica. Vas a romper un montón de corazones así.
Sally la miró y enseguida bajó la vista con una expresión en la cara que recordaba demasiado a la culpabilidad.
Liz sabía que Brian y ella eran amigos íntimos. Y estaba bien, de verdad. Pero estaba mejor cuando Sally aún era una niña.
Y aunque Liz pensaba que ayudar a Sally a encontrar una identidad más adulta era divertido y la ayudaría a comenzar una nueva etapa de forma saludable, en el fondo no podía evitar pensar que estaba cometiendo un error.
Volvió a enterrar la sensación en un rincón secreto de su cerebro que guardaba bajo llave y lanzó la sonrisa más encantadora que podía poner.
—Habrá que comprar unos zapatos a juego —le dijo a Sally.
La joven la miró.
—Pero Liz… Es que… No me llega para todo. Tengo sueldo de becaria y…
Liz se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—Tú no te preocupes, yo pago —dijo Liz.
—¿Qué? No, no… No, Liz, de verdad… —dijo Sally—. No puedo dejar que…
—A ver, ¿soy tu hermana mayor postiza o no lo soy? —dijo Liz.
Sally la miró con los ojos ambarinos muy abiertos. Abrió la boca para decir algo y entonces, esa cosa que Liz guardaba bajo llave soltó una pulsación que se abrió paso por el resto de su ser.
—Si a Brian y a mí solo nos falta adoptarte —dijo con jovialidad—. Eres nuestra niña mimada.
Sally cambió la expresión y cerró la boca. Bajó la mirada.
—Bueno… Vale —accedió al final.
Liz la besó en la frente.
—¡Pues vamos!
Pasaron un rato entretenidas con la elección de los zapatos. Finalmente, y a pesar de las recomendaciones de Liz, Sally escogió unas botas negras de media caña sin tacón. En todo momento se negó a quitarse el vestido morado, así que cuando Liz pagó solo hizo falta que le pusieran una bolsa pequeña para el bikini estilo Leia que se había comprado.
Cuando salieron a la calle, Liz se alegró de haber cogido una de las armas reglamentarias que tenían disponibles en la Fénix 1.
Cachorro no era el lugar más idóneo para una adolescente en vestidito ligero y las miradas impúdicas lo corroboraban.
De pronto, oyeron una voz detrás de ellas.
—¡Eh! ¡Un momento señoritas!
Liz se giró. Un insectoide de unos dos metros con el distintivo de seguridad del puerto se acercó a ellas.
—Señoritas, la alarma antirrobo ha saltado. Por favor, déjenme ver el justificante de compra.
Liz miró al insectoide. Parecía una especie de mosca gigante. No le pasó desapercibido que el tipo miraba a Sally como si quisiera comérsela.
En realidad, tenía algo de sentido: Sally era medio planta y ese tío era un insecto… A pesar de eso, a Liz le pareció un pervertido.
—¿Cómo se atreve? —le dijo Liz al tipo mientras buscaba en su pulsera inteligente el justificante de pago y se lo enseñaba—. Nosotras lo hemos pagado todo, mire. Y además, no llevamos bolsas, porque nos lo llevamos puesto.
La mosca enorme miró el recibo con sus ojos compuestos.
—Ahí falta un artículo —dijo.
Liz lo miró también, confusa. Vestido, botas, bikini… No faltaba nada.
—No, qué va —dijo.
—Señoritas, van a tener que acompañarme… —empezó la mosca gigante.
De pronto, Sally escupió en la cara de ese tipo. Acto seguido, cogió a Liz de la muñeca con una fuerza que no era usual en una chica de diecisiete años, tiró de ella y gritó.
—¡Corre, Liz!
Liz empezó a correr, más porque Sally la estaba arrastrando que por otra cosa.
Miró hacia atrás para descubrir que la mosca se había lanzado al suelo entre gemidos de dolor. Se tapaba la cara, donde le había escupido Sally, y de entre sus patas salía un humillo que indicaba que había sufrido algún tipo de quemadura química.
—¿¡Qué has hecho!? —jadeó Liz mientras corría arrastrada por Sally.
—¡Es un mecanismo ancestral de defensa! —explicó Sally con una sonrisa pícara que Liz no le había visto nunca.
Oyó revuelo por detrás de ellas. Prefirió no mirar.
Corrieron por las calles llenas de gente mientras notaban que la seguridad del puerto les pisaba los talones. Entonces Liz vio un callejón que parecía conectar dos calles paralelas.
—¡Por ahí! —le gritó a Sally.
—¡Buena idea!
La muchacha la arrastró hacia el callejón y, cuando pasaron a la otra calle, dejaron de correr.
—Actúa con normalidad —le dijo Sally a Liz.
Liz la miró alucinada. Llevaba un año y medio compartiendo habitación con esa chica y era la primera vez que no la veía cohibida.
—¿Qué ha pasado ahí detrás, Sally? —le preguntó enfadada.
Sally fingió que miraba una parada de cachivaches. Liz se cruzó de brazos.
—¿Qué has mangado, a ver?
La muchacha la miró de reojo.
—Nada.
—Como no me digas exactamente qué es lo que no hemos pagado, voy a…
—Anda, si es Andrea —la interrumpió de pronto Sally, señalando a un punto indeterminado detrás de Liz.
Liz miró detrás de sí por instinto para descubrir a Andrea, vestida con su mono de trabajo y discutiendo a voces con uno de los comerciantes de la calle.
Sally se escabulló y fue hacia ella.
—¡Me da igual el vale de regalo! —le chillaba Andrea al tendero—. ¡Diez mil créditos por un estabilizador es una estafa!
—Pero el vale es por una noche en el hotel Vulpes —insistió el comerciante—. ¡Y da derecho a pasar la noche con la vedette Vulpes! Es un chollo.
—¡Pero que yo no quiero eso! ¡Yo solo quiero la pieza!
—¡Hola Andrea! —intervino Sally.
Andrea la miró sin reconocerla. Luego vio a Liz y volvió a mirar a Sally de arriba a abajo.
—Hola chicas… —suspiró— ¿Ya habéis acabado las compras?
—Qué remedio —gruñó Liz.
—Por cierto Sally, estás muy guapa —dijo Andrea.
La muchacha se ruborizó.
—Gracias —dijo. Luego miró alrededor—. ¿Dónde está Brian?
Andrea bufó.
—Nos hemos separado —admitió—. Prefiero buscar la pieza yo sola, Brian solo piensa en chorradas.
—¿Y cómo lo llevas? —preguntó Liz.
—Mal —dijo Andrea, mirando hacia el tendero con el que discutía antes—. Nadie parece vender estabilizadores de potencia nuevos sin pretender estafarte.
—Podríamos ayudarte a negociar —se ofreció Sally.
—¡Ni hablar! —intervino Liz.
—¿Por qué no?
—Pues porque eres una ladrona. Aún no me he olvidado de que no me quieres enseñar lo que has mangado —la acusó Liz.
—¿Habéis robado algo? —se sorprendió Andrea.
—Sally ha robado algo y no quiere decirme qué es.
La joven frunció el ceño.
—¡Porque no es para tanto! —protestó Sally.
«¡Porque tiene que ver con Brian!» pensó Liz. Se mordió la lengua a tiempo.
—Pues más vale que volváis a la Fénix 1 y os quedéis ahí antes de que os pillen —les aconsejó Andrea—. El gremio de comerciantes tiene su propia seguridad, y se dice que son todos piratas.
—¿Cómo? —preguntó Liz con indignación—. ¿Me estás diciendo que no podré salir de hotel por la noche por culpa de esta ladrona?
Andrea la miró a los ojos durante más tiempo del que era necesario. Su silencio fue muy elocuente.
—¡Genial! —protestó Liz, luciendo un mohín.
Sally se retorcía las manos tímidamente mientras reprimía una sonrisa.
—Si te sirve de consuelo, no creo que hubieseis podido hacer gran cosa esta noche —dijo Andrea— Brian y yo nos hemos jugado a que le pegaría una patada en la entrepierna si consigo la pieza antes que él. Y no pienso perder.
***
BRIAN
Le había costado más de dos horas de búsqueda y mucho más de lo que ganaba en un mes, pero por fin lo había encontrado: El anillo de pedida perfecto.
No parecía gran cosa a simple vista. Era un anillo dorado y liso, sin pedrería y con una inscripción en la Lengua Negra de Mordor.
Vale, era una réplica del Anillo Único del Señor de los Anillos. Vale, la inscripción no era romántica… ¡Pero brillaba en la oscuridad! Eso era objetivamente molón.
Además, esa pieza concreta parecía tener más de 500 años. Probablemente era un anillo de la época en que se estrenaron las películas de Peter Jackson, lo cual lo hacía una reliquia histórica. Y ese era el tipo de objeto especial que Brian imaginaba en el dedo de Liz.
Brian cerró la cajita acolchada que protegía el anillo mientras caminaba contento por las avenidas de Cachorro. La guardó en el bolsillo de su mono, empezando a planear la pedida perfecta.
Descartó enseguida cualquier hotel cutre. Y mucho menos la Fénix 1. Imaginó la escena: Él hincando la rodilla delante de Liz en la sala común mientras el resto de los chicos no paraba de hacer chistes… No, ni hablar. Tenía que ser especial, en un lugar romántico de los que a Liz le gustaban…
Quizás podría alquilar una nave biplaza y llevarla a ver la nebulosa IC 1805… Tenía forma de corazón. Sí, seguramente eso le encantaría. Con ese combo no podía decirle que no…
Sin darse cuenta sus pasos le dirigían al camino de vuelta hacia la Fénix 1. Brian tenía la sensación de que olvidaba algo…
Y entonces vio a Ray.
«Ah sí. El estabilizador.»
—¡Hey Ray! —le llamó desde el otro lado de la acera.
Ray estaba sentado en una mesa de una terraza. A su lado había un Triaunuki con aspecto felino y brazos biónicos al que Brian no conocía. Ray se giró al oír su nombre y le saludó con la mano.
Brian se acercó.
—¡Hola, tío!
—Hola, Brian —lo saludó Ray—. ¿Dónde está mi hermana?
Brian bufó.
—Ni puta idea, tronco. Me ha echado la bronca, me ha dicho que me iba a pegar una patada en las pelotas y nos hemos separado. Ahora cada uno está buscando el estabilizador por su cuenta.
Brian reparó en que el Triaunuki lo observaba con curiosidad.
—Hola —saludó Brian.
—Hola —respondió el Triaunuki.
—Brian, este es Felis —les presentó Ray—. Felis, este es Brian. Es nuestro piloto.
—Encantado —dijo Felis.
—Sí, igualmente —dijo Brian pensando por un momento en Hilbert.
—¿Estáis buscando un estabilizador de potencia? —preguntó Felis a Ray.
—Yo no, él y mi hermana Andrea.
Felis miró a Brian.
—¿Habéis probado en los desguaces?
Brian hizo un gesto de aprobación.
—¡Eso mismo le he dicho yo a Andrea! Pero se ha puesto en plan —puso una voz aguda para imitarla—: Ñiñiñi necesitamos justificarlo con una factura.
Felis miró a Brian con una sonrisa divertida. Ray suspiró.
—Brian, tío…
—Oye, pero tú podrías falsificar una factura, ¿no, Ray? —le preguntó Brian, sentándose en la silla de al lado sin ser invitado.
Ray lo miró con los ojos abiertos de par en par.
—Yo… —empezó Ray—. Pues depende.
—Yo sí que podría —intervino Felis.
Ray y Brian lo miraron.
—¿De verdad?
—Claro, tengo negocio propio —dijo Felis, encogiéndose de hombros—. Puedo emitir una factura y luego compensar los ingresos por otro lado. Es sencillo, aquí lo hace todo el mundo.
—¿Felis, te llamabas? —le preguntó Brian.
—Sí.
—Felis, has salvado mis pelotas. Mi primer hijo va a llevar tu nombre.
Felis no pudo evitar reírse.
—Por casualidad tu negocio no será de recambios para naves, ¿no? —preguntó Brian.
—Componentes informáticos. Lo siento tío —respondió Felis.
—Lástima… —dijo Brian, pensativo. Luego se levantó—. Bueno, pues voy a buscar la pieza a un desguace y luego nos vemos. ¿Vais a estar aquí toda la tarde?
—No creo —dijo Ray.
—No, seguro que luego iremos a algún sitio más privado —dijo Felis.
Brian volvió a pensar en Hilbert, pero no dijo nada.
—Bueno, entonces te llamo luego Ray —le dijo.
—Vale, nos vemos luego.
—¡Hasta luego, Brian! —se despidió Felis con jovialidad.
Mientras se alejaba en dirección al desguace más cercano, Brian pensó en la suerte que tenía, mientras tocaba distraídamente la cajita que guardaba en el bolsillo.
***
HILBERT
Supo que algo iba mal desde antes incluso de ver la nave. Pero cuando dobló la esquina y reparó en que la compuerta estaba forzada, el corazón le dio un vuelco tan grande que pensó que le iba a dar un ataque.
Corrió hacia la Fénix 1 sacando la pistola láser reglamentaria de la chaqueta de Brian y entró con cautela al interior.
Se oían voces y golpes. Estaban registrándolo todo. Hilbert identificó como mínimo cinco voces diferentes.
Se adentró por el pasillo y vio la escotilla que llevaba a la sala de máquinas abierta. Seis o siete. Quizá más. Cerró la escotilla con cuidado de no hacer ruido y la bloqueó.
La cabina de pilotaje parecía desierta, igual que la zona común. Los asaltantes habían entrado en las habitaciones y habían desperdigado los objetos personales de la tripulación por el suelo.
Hilbert avanzó muy despacio y con sigilo. Dos de ellos habían conseguido forzar la puerta de la enfermería, a la que normalmente sólo tenía acceso Sally. Estaban llenando dos sacas enormes con los medicamentos.
Hilbert les disparó directo a la cabeza desde detrás. Ni siquiera tuvieron tiempo de darse cuenta de que estaban muertos.
Se acercó a ellos y los miró.
Eran Triaunukis pero llevaban chalecos de tejido inteligente. En la espalda tenían un parche con un logotipo que venía a representar una iguana ensartada en un palo. El texto estaba en una lengua que el Sistema Informático Integrado en el cerebro de Hilbert identificó como un dialecto del idioma principal del sur de Triaun. Decía: “El único lagarto bueno, es el lagarto muerto”.
Piratas.
Y no piratas cualquiera. Estos actuaban específicamente en contra de objetivos Riawlent. Lo cual quería decir que el truco de Ray de cambiar la ID de la nave no había funcionado.
Oyó un ruido muy fuerte y gritos de alegría. Para su completo horror, oyó pasos procedentes del nivel superior, donde estaba su laboratorio.
—¡Mierda, mierda, mierda…! —susurró.
Salió de la enfermería y avanzó hacia el acceso al laboratorio. Habían destrozado la escotilla y la habían dejado en el suelo del pasillo. Hilbert no había alcanzado la escalerilla cuando vio a un Romualdiano salir de su propio camarote, con la capa azul de Capitán Riawlent puesta sobre un hombro. Por un momento, ambos se quedaron paralizados.
Tras medio segundo, el pirata gritó. Pero Hilbert disparó primero.
Por desgracia, eso alertó al resto.
Una lluvia de proyectiles cayó desde el laboratorio. Hilbert se apartó de la entrada.
—¡Nos atacan! —gritó uno.
—¡Han matado a Merrick! —dijo otro.
Hilbert los esperó, agazapado entre la escotilla rota y la pared del pasillo. No había salida por el laboratorio, de manera que solo tenía que tomar paciencia y…
La pared de enfrente suyo comenzó a llenarse de agujeros de proyectil. Alguien le estaba disparando desde detrás. Probablemente los piratas que había en el nivel inferior habían salido a la calle a través de la entrada de la zona de carga y vuelto a entrar por la compuerta principal.
Afortunadamente para Hilbert, eran tan malos tiradores que solo consiguieron hacerle un agujero a la chaqueta de cuero sin rozarle a él.
Hilbert se atrincheró en la primera habitación a la que pudo acceder, que era la de Brian. Intentó enviar un mensaje a la tripulación, pero los piratas debían haber colocado inhibidores de señal.
—¡Capitan Hilbeeeeeert! —dijo una voz carajillera en tono cantarín desde detrás de la puerta—. Sabemos que eres tú.
Hilbert frunció el ceño. Una cosa era que supiesen que la nave era Riawlent y otra muy distinta que supiesen que él iba a bordo.
—No seas tímido —dijo una voz un poco menos ronca.
Hubo varias risas.
—¡Eh! ¡No os riáis, ha matado a Merrick!
—¡Y a Thera y Latrans! —dijo otra voz.
—Capitán Hilbert —dijo la primera voz, ahora más seria—. De Capitán a Capitán, te recomiendo que salgas ahora mismo. Porque si no, nos esperaremos a que vuelva la tripulación y los mataremos uno a uno delante tuyo. Y te aseguro que somos muy creativos.
Hilbert estaba atrapado. La habitación del capitán era la única que contaba con ventana, el resto sólo tenía un sistema de ventilación… pero era una rejilla pequeña.
—¿Quién os envía? —les preguntó mientras pensaba.
Hubo risas.
—¿Que quién nos envía? —dijo la voz del capitán pirata, riendo—. El dinero y la venganza, nos envía.
Hilbert puso los ojos en blanco.
—Sí, seguro —dijo mientras sacaba los colchones de la litera y los montaba usándolos como una trinchera.
Si no llevaba mal la cuenta, debía haber al menos seis piratas ahí fuera. Su situación sólo podía traducirse de una manera: Estaba jodido.
—Capitán Hilbert, te doy tres segundos para salir. Si no lo haces por propia voluntad, tiraré la puerta abajo, te mataré y luego utilizaremos tus datos biométricos igualmente para acceder a la base de datos del laboratorio.
—Buen plan —dijo Hilbert, situando la mano encima del sensor de apertura de la puerta, sin tocarlo.
—Gracias.
—Pero el mío es mejor.
Abrió la puerta y disparó a la primera figura que vio. Volvió a cerrar la puerta antes de que esta se abriese del todo. Luego volvió a bloquearla.
Oyó con satisfacción gritos de rabia y descontrol. Sonaba a que había conseguido herir o matar al capitán.
De pronto, alguien disparó contra la puerta hasta romper el sistema de cierre. En cuanto se abrió, Hilbert disparó, parapetándose detrás de los colchones.
Hubo algún grito más, pero no pareció haber logrado matar a otro pirata. Se asomó con cautela pero no vio a nadie. De pronto todo estaba en un inquietante silencio.
Hilbert frunció el ceño. No era silencio del todo. Se oía algo… Como un golpeteo suave que venía de…
Miró hacia arriba justo a tiempo para ver al insectoide de cintura estrecha y patrón amarillo y negro lanzándose sobre él.
Hilbert soltó un grito cuando el aguijón le atravesó la parte izquierda del torso. Su dolor provocó gritos de euforia en el exterior de la habitación.
Descargó el arma láser sobre el bicho antes de que le perforase otra vez.
Los compañeros de la avispa gigante se abalanzaron sobre él y lo arrastraron fuera de la habitación, no sin recibir patadas y puñetazos por su parte.
Hilbert forcejeó con los piratas, pero estaba perdiendo sangre a un ritmo alarmante. Ellos aprovecharon para golpearle. En un momento dado, decidieron introducir el cañón de una de las armas largas en la herida, y se aseguraron de que no se desmayase antes de tiempo.
«Vale. Así es como muero» pensó Albert cuando el mundo empezaba a volverse negro.
Y su último pensamiento consciente, fue Ray.
***
LIZ Y SALLY
Liz tenía una puntería excelente, fruto de un duro entrenamiento desde niña con el objetivo de ser la más impresionante en los concursos de belleza infantiles interplanetarios. Pero a pesar de eso, nunca había matado a nadie.
Eso cambió cuando ella y Sally entraron en la nave y vieron a cuatro desconocidos sobre la figura de Hilbert en el suelo, rodeada de un charco de sangre.
Liz disparó el arma láser sin apenas pensar. Por puro instinto.
ZUUM
ZUUM
ZUUM
ZUUM
Los cuatro individuos cayeron a plomo, con un agujero limpio en medio de la cabeza.
Liz tiró el arma al suelo, horrorizada. Se quedó varios segundos sin poder reaccionar.
Había matado a cuatro personas.
Habían caído a plomo, como si no fuesen más que… que… que objetos.
La voz de Sally la llamó desde muy lejos.
—¡¡Liz!! ¡Liz!
Parpadeó y miró a la muchacha. Se había arrodillado en el suelo, al lado de Hilbert.
—¡¡Liz, Hilbert necesita tu ayuda!! —le chilló Sally. Y esas palabras la hicieron reaccionar.
Se acercó corriendo.
—¿Q-Qué quieres que haga…? —luego miró la herida. Los asaltantes habían introducido el cañón de un arma larga—. ¡¡Pero… QUÉ LE HAN HECHO!!
Sally la cogió por los hombros y la obligó a mirarla a los ojos.
—Liz. Liz, mírame. No te centres en eso. Céntrate en lo que te voy a decir. De ti depende que Hilbert viva.
Sally se sacó un trozo de tela que llevaba escondido en el escote. Era un picardías. Liz supo que era lo que había robado hacía un rato. Sin pensarlo dos veces, Sally tapó con la tela la herida de Hilbert, que le atravesaba el abdomen por ambos lados. La prenda enseguida se estropeó al mancharse de sangre.
—Vale, tienes que presionar aquí y aquí —le dijo Sally a Liz—. Pero no muy fuerte, una presión ligera para retrasar que salga la sangre. Si aprietas fuerte puedes hacerle aún más daño.
Liz asintió con la cabeza y puso las manos donde las tenía Sally momentos antes.
—Ahora vengo, aguanta ahí —dijo la muchacha antes de salir corriendo hacia la enfermería.
Liz miró a Hilbert. Estaba muy pálido por la falta de sangre y, aunque no estaba del todo desmayado, no parecía ser consciente de lo que pasaba a su alrededor.
—No te me mueras, Albert. ¿Me oyes? —le dijo Liz, conteniendo las lágrimas—. Si te mueres, te… te… te mato. Te lo juro.
Sally volvió con varios cachivaches que siempre tenía en la enfermería pero nunca había usado. Hizo otro viaje corriendo para recoger más objetos.
Mientras hacía presión, Liz observó cómo trabajaba Sally.
La joven comprobó las pulsaciones, la respiración y chasqueó los dedos delante de la cara de Hilbert para ver si reaccionaba.
Tras hacer esto, le pidió a Liz que se retirara. Lanzó el picardías empapado en sangre lejos, cortó la camiseta de Hilbert y empezó a taponar la herida con gasas.
Tras un rato de trabajo, Sally se giró hacia Liz.
—Yo solo soy enfermera —le dijo—. Esto necesita cirugía.
Liz la miró.
—Puedo ir a buscar a algún médico…
—No hay tiempo —dijo Sally—. En la enfermería tenemos un robot para cirugías de urgencia. No hará milagros porque es un asistente avanzado, pero puede salvarle la vida. El problema es que tenemos que poder llevar a Hilbert hasta allí. Y me da miedo moverlo.
Liz empezó a notar que le faltaba el aire. Logró calmarse antes de perder el control.
—Vale, si podemos hacer una camilla improvisada, entre las dos podremos moverlo —dijo Liz con más convencimiento del que sentía.
Sally asintió con la cabeza. Tras buscar frenéticamente, decidieron utilizar un par de sábanas para arrastrar a Hilbert por el suelo hasta la enfermería. Una vez allí, Sally bajó la camilla lo máximo posible y, entre las dos, lo subieron, intentando no tropezar con los cuerpos de los dos piratas muertos que había en la entrada del almacén.
Sally activó el robot y programó la secuencia para la operación.
—¿Quieres que me vaya? —le preguntó Liz a Sally.
La muchacha la miró.
—No… Quédate, porfa. Por si necesito que me ayudes.
Liz asintió con la cabeza y miró cómo trabajaba.
Se fijó en que el vestido morado de Sally se había echado del todo a perder.
***
ANDREA Y BRIAN
Lo vio venir de lejos con la bolsa en la mano y una sonrisa insoportable. Supo de inmediato que había hecho trampas.
En cuanto Brian distinguió a Andrea entre la multitud levantó la bolsa con el estabilizador dentro y le hizo la peineta con la otra mano.
Ella se acercó y le tendió la mano directamente, antes siquiera de saludarlo.
—La factura.
—Hola, ¿eh? —le dijo Brian sin perder la sonrisa.
—Hola —dijo Andrea—. La factura.
—No tengas priiiisa.
—Has hecho trampa, ¿a que sí?
Brian chasqueó la lengua.
—Andrea, comprar una pieza en perfecto estado de segunda mano por menos de la mitad del precio no es hacer trampa, es ser listo.
Andrea se enfureció.
—¡Pues a ver cómo le justificas al General Varani el gasto!
—Está todo controlado —aseguró Brian.
Ella le miró con desconfianza.
—¿Por qué me da tanto miedo cuando te oigo decir eso?
Brian sonrió.
—Porque vas a estar oyendo Barry White desde la habitación de al lado durante mucho tiempo.
Antes de que Andrea pudiese protestar, Brian sacó una cajita del bolsillo.
—Mira —le dijo, orgulloso.
Abrió la cajita con un dedo y Andrea se asomó al interior. El forro acolchado dejaba ver un anillo dorado y sencillo con una inscripción.
Andrea miró al anillo y luego a Brian.
—Es un poco cutre, ¿no?
La sonrisa de Brian se desvaneció.
—¿Qué dices? No es cutre.
—A ver —dijo Andrea—. Yo no conozco tanto a Liz como tú pero… Diría que ella esperaría más bien un pedrusco enorme en vez de… Bueno, este anillo tan sobrio.
—¡Es una réplica del Anillo Único! —se defendió Brian—. Es una pieza de coleccionista.
Andrea buscó brevemente en su biblioteca mental y luego abrió la boca.
—¡Pues peor me lo pones! ¿Estás diciendo que Liz es Sauron, o que quieres dominarla, o algo así de chungo?
Brian frunció el ceño, enfadado.
—No tienes ni puta idea, Andrea.
—Tú sí que no tienes ni idea de lo que le gusta a una chica —dijo ella.
En ese momento, a ambos les sonó el intercomunicador.
—Es Liz —dijo Brian.
—Ha debido notar que el Anillo estaba cerca —bromeó Andrea.
Brian le dedicó una mirada de desprecio y contestó.
—Cariño, hola.
—¿¡Brian!? ¡Menos mal! ¡Por fin funciona este cacharro! —dijo la voz de Liz. Parecía alterada.
—¿Qué pasa? —preguntó él. Intercambió una mirada extrañada con Andrea.
—¡Te necesito ahora! ¡Ya!
Él sonrió. Se apartó un poco de Andrea.
—Ya, pero… Es que aún es un poco pronto para…
—¡No! ¡Mierda Brian! ¡Han asaltado la Fénix 1!
—¿Qué?
Andrea y él volvieron a intercambiar miradas.
—¡Han sido unos piratas! ¡Han atacado a Albert, y no consigo localizar a Ray!
De pronto, Andrea se asustó.
—Liz, soy Andrea —le dijo al comunicador de Brian—. ¿Qué dices que le ha pasado a Albert?
—¡¡Andrea!! ¡Menos mal! —chilló Liz—. ¡Ven ahora mismo a la Fénix 1! ¡Rápido!
—Liz, ¿dónde está mi hermano? —preguntó Andrea, cada vez más nerviosa.
Brian intervino.
—Yo he visto a Ray hace un rato en una terraza tomando algo con un tío.
—¿Qué? ¿Y Albert?
—¡Albert se está muriendo! ¡Venid los dos YA! —chilló Liz. Y cortó.
Algo muy malo había pasado y nadie podía contactar con Ray… Andrea empezó a respirar deprisa.
—Andrea, Ray está bien. Por favor, confía en mí. Lo he visto hace menos de una hora.
Ella miró a Brian a los ojos y supo que decía la verdad. Se relajó un poco.
—Vamos, Al y Liz nos necesitan —le dijo él.
—De acuerdo, vamos.
***
RAY Y FELIS
—Entonces… ¿El tal Albert y tú, qué? ¿Vais en serio?
Paseaban por Cachorro tranquilamente. Felis le estaba enseñando los sitios clave del puerto. Hacía años que vivía allí, así que se lo veía confiado caminando por esas calles llenas de personajes con aspecto de delincuente y comerciantes ruidosos. El intercomunicador de Ray no paraba de sonar. Lo miró de reojo y vio que era Liz. Fuera lo que fuese lo que quería esa barbie pelirroja, podía esperar. Apagó el dispositivo.
Ray pensó un momento en la pregunta que le había hecho Felis.
—Es complicado —respondió.
Felis hizo una mueca, como si el comentario doliese.
—Ufff… Eso es que no.
Ray sonrió.
—No es eso. Es que… Es complicado.
Felis se rió.
—A mí me parece que ese tío no te conviene mucho —dijo. Ray le miró de reojo y el Triaunuki continuó hablando—. Un tío que te deja colgado en medio de una reunión entre amigos no parece de fiar.
—Supongo —respondió—. Debo atraer al tipo de tío que desaparece sin motivo.
—Oh —dijo Felis, deteniéndose en medio de la calle. Luego siguió andando—. Eso ha sido una puñalada trapera.
—Puñalada trapera, verdad como un templo… —dijo Ray, sopesando cada concepto en una mano—. A mí me parece que en este caso son lo mismo.
Felis le tocó el antebrazo e hizo que parase en medio de la calle. Lo miró a los ojos.
—Ray, ya te he dicho que no podía contactar contigo —dijo Felis muy serio—. De verdad, ojalá hubiese podido… Y luego oí que te habían detenido los Riawlent. Incluso llegué a oír que trabajabas para ellos.
Ray lo miró a los ojos y levantó las cejas.
—¿De verdad crees que trabajaría para los Riawlent?
Felis le devolvió la mirada.
—Creo que el Ray que yo conocí preferiría morir antes que trabajar para los lagartos —dijo Felis.
El barullo de la calle parecía haber bajado de volumen. Entre Ray y Felis solo había un silencio impuesto, muchos años de distancia y… algo más. Peligro. Y emoción.
La sensación era similar a lo que sentía Ray cuando estaba con Hilbert.
—Ese Ray sigo siendo yo —aseguró Ray, mirando a Felis—. Preferiría morir a trabajar para los lagartos.
Felis evaluó la respuesta de Ray y después sonrió.
—Lástima que ya tengas… A alguien complicado —dijo, mientras levantaba la mano metálica para acariciarle la mejilla.
Ray interceptó la trayectoria de la mano de Felis, pero no se la soltó.
—Ya me conoces… Siempre puedo complicarme un poco más la vida —respondió con una sonrisa traviesa.
Se quedaron un momento en silencio mientras Ray veía con claridad cómo Felis se estaba preguntando mentalmente si debía besarle o no. Cuando por fin tomó una decisión, Ray volvió a hablar.
—Creo que hay una zona de restaurantes de comida terrícola por aquí, ¿verdad? —dijo.
Felis pareció confuso.
—Eh… Sí.
Ray intentó poner una sonrisa angelical, pero como era imposible que alguien como él pareciese inocente, su cara se conformó con una sonrisa pícara.
—¿Me llevas? Me apetece mucho comer canelones. Mi madre los hace siempre que voy a casa.
***
Varias horas después, ya de noche, Ray y Felis se dirigieron a un bar de copas bastante sórdido llamado “Ojitos de Cachorro”.
Felis lo había pagado todo. Las consumiciones en el bar (incluyendo la de Hilbert), la comida, el chupito de después… Y si en vez de ir andando hubiesen cogido un taxi, probablemente también lo habría pagado él. Ray estaba encantado.
En esos momentos se reía.
—¡Ah sí! ¡No me acordaba de esa! —exclamó—. ¡Cambiamos el logotipo del ejército Riawlent por la foto de un ojete en TODOS los documentos oficiales!
Felis se reía también. La gente los miraba al pasar.
—¡Qué buenos éramos! —exclamó Ray.
—¡No te quites mérito! ¡Tú eras el bueno! —dijo Felis —El mejor hacker de la galaxia, probablemente. Yo no te llegaba ni a la suela de los zapatos.
—Pero lo has dejado, ¿o qué? —preguntó Ray.
—¿Tú qué crees?
Ray se rió.
—Creo que tienes mucho peligro, aunque finjas que no.
—Mira, lo mismo iba a decirte yo —dijo Felis.
—¡No, no, no! —exclamó Ray, parándose en medio de la calle y levantando el dedo índice de la mano izquierda— ¡Yo nunca he fingido que no tengo peligro! ¡Yo soy el peligro, cielo!
—Ya me ha quedado claro, ya… —dijo Felis con una sonrisa—. Y a mi cuenta corriente también.
Ray ensanchó la sonrisa.
—¡Es el peaje por volver de entre los muertos!
Cuando llegaron al Ojitos de Cachorro, Ray se detuvo un momento.
—¿Entramos? —le preguntó Felis.
—Sí, espera —le dijo Ray—. Le diré a mi hermana que volveré tarde. Ve pidiendo por mí.
—¿Qué quieres? —le preguntó Felis.
—Sorpréndeme —dijo Ray con coquetería.
Felis le guiñó un ojo y entró. En cuanto Ray lo perdió de vista, se puso serio y sacó del bolsillo de su camisa de manga corta un dispositivo que tenía enlazado al sistema de la Fénix 1. Todos los indicadores referentes a la seguridad estaban de color rojo.
Ray frunció el ceño.
Abrió un aplicativo especial que había programado él mismo y que enviaba mensajes directamente al SII de Hilbert.
Le escribió.
Envió una ubicación.
Programó el mismo mensaje para que se repitiera cada 3 minutos.
Se guardó el dispositivo en un bolsillo de los pantalones, puso su mejor sonrisa y entró en el Ojitos de Cachorro como si aquello fuese su propia casa.
***
HILBERT, SALLY, ANDREA, LIZ Y BRIAN
Tardó un rato en entender dónde estaba. Notaba algo que le molestaba, como un picor en el cerebro, un zumbido leve. Miró a su alrededor y vio a una mujer.
No, no era una mujer desconocida. Era Liz. Estaba distraída mirando un dispositivo.
Intentó moverse. Dolió. Gimió.
Liz lo miró y enseguida se levantó y se dirigió a la puerta.
—¡Sally! ¡Se ha despertado! —gritó al exterior.
Hilbert miró a su alrededor, desorientado. Vale, estaba en la Fénix 1, eso era evidente. Pero… no acababa de reconocer el lugar exacto.
Liz apareció en su campo de visión otra vez.
—Albert… ¿Cómo te encuentras?
Él movió el brazo izquierdo para frotarse la cara. Descubrió que el costado le dolía horrores.
—Mal —logró decir.
De pronto apareció Sally. Llevaba un vestido. Nunca la había visto con un vestido puesto. Estaba manchado de sangre. De su sangre.
Ella no le saludó enseguida. Primero hizo unas breves comprobaciones básicas para ver cómo reaccionaba el cuerpo de Hilbert.
—Hola Hilbert —le dijo cuando terminó.
—Hola McGregor —respondió él.
—Parece que reacciona bien. Buena señal —le dijo Sally a Liz. Hilbert se dio cuenta de que Brian y Andrea estaban asomados a la puerta de la enfermería. El espacio era demasiado reducido para caber todos dentro.
—Le ha salvado la transfusión de sangre de Andrea —continuó Sally, hablando con el resto—. Menos mal que había alguien de un grupo compatible.
—Quiero agua —dijo Hilbert.
—Ah, ya está dando órdenes —comentó Brian, animado.
Sally sonrió ante el comentario.
—Sí —dijo—. Liz, alcánzame esa botella, porfa.
Le dieron algo de agua. Mientras bebía volvió a notar el zumbido de antes en el cerebro. Era su SII.
—¿Recuerdas qué ha pasado?
Hilbert cerró los ojos. Le costó una barbaridad volver a abrirlos.
—Piratas —dijo.
—Muy bien —sonrió Sally —Esa mollera aún funciona. Eres un cabrón con suerte, Hilbert.
—No estoy de acuerdo —respondió él.
Hubo risas. Se rieron más de alivio que del comentario. Hilbert los miró a todos, hizo un recuento mental y preguntó.
—¿Y Ray?
El silencio que siguió le dijo todo lo que necesitaba saber: Ray no estaba allí.
—Vendrá enseguida —le dijo Andrea—. No te preocupes, en un rato lo tienes aquí.
Hilbert frunció el ceño pero no dijo nada. Le molestó que le mintiera de forma tan evidente, pero no tenía fuerzas ni ganas de discutir.
—Duerme un rato más —le aconsejó Sally—. Necesitas descansar.
Él cerró los ojos, dispuesto a hacerle caso, pero al cabo de lo que le pareció un momento volvió a notar el zumbido del SII. Era un mensaje de Ray.
Volvió a abrir los ojos.
Liz, Andrea, Sally y Brian estaban hablando fuera.
—Tiene el intercomunicador apagado, y no responde a los mensajes —decía Andrea con voz preocupada—. Espero que no le haya pasado nada…
—¿Qué le va a pasar? —preguntó Brian—. Es Ray. Y ya os digo que estaba con un tío.
—¡Ssssssh! —alguien chistó.
Las voces bajaron de volumen y se convirtieron en susurros. Hilbert cerró los ojos de nuevo, fingiendo que dormía.
—Bry, no chilles tanto —dijo susurrando la voz de Liz—. Albert no necesita un drama ahora mismo.
—Vale, pero tenemos que encontrar a Ray, ¿no? —susurró la juvenil voz de Sally—. Más que nada, porque Andrea ya ha instalado la pieza nueva.
—Sí, pero no sabes la que han liado esos hijos de puta en la sala de máquinas —dijo Andrea—. Va a ser un milagro si la nave despega a la primera.
Hubo un momento de silencio. El SII volvió a zumbar en la cabeza de Hilbert con otro mensaje de Ray, pero no recordaba cómo abrirlo.
—¿Qué habéis hecho con… los cuerpos? —preguntó de pronto Andrea.
Hubo otro silencio cargado.
—Están en mi cuarto —dijo Brian—. Los lanzaremos al espacio cuando salgamos de aquí. Con un poco de suerte se quemarán en la atmósfera de Triaun.
Hubo un ruido parecido a un sollozo y, acto seguido, unos pasos se alejaron.
—Muy bien Brian. Muy sutil —susurró Andrea—. ¿Le vas a dar ahora el anillo? Porque después de ese comentario seguro que te dice que sí.
—Vete a tomar por culo, Andrea. Eres tú quien ha sacado el tema.
—¿Qué anillo? —susurró la voz de Sally.
—Luego te lo explico —prometió Brian.
Otro zumbido atravesó la cabeza de Hilbert. Ray debía haber programado los mensajes para que se repitieran cada pocos minutos, haciendo así que fuera imposible eludirlos durante mucho rato.
Accedió a las funciones del SII y, finalmente, recordó cómo abrir los mensajes.
Leyó.
Revisó la ubicación.
Intentó incorporarse, pero el dolor del costado era demasiado intenso. Rodó sobre el otro costado, haciendo la croqueta sobre la camilla, y aterrizó con los pies en el suelo. Un poco torpe, pero sin llegar a caerse.
Se incorporó con dificultad y se quitó la vía.
Dio un paso hacia la puerta. Tuvo que apoyarse en la pared. Dio otro paso. Y luego otro.
Salió de la enfermería dando tumbos, ante la estupefacta mirada de Andrea, Sally y Brian.
—¡¿Pero qué haces?! —chilló Sally de pronto—. ¡Vuelve a acostarte ahora mismo!
—No… Sé dónde está Ray.
—Ah. Genial, nos estaba escuchando —dijo Brian.
—Sí —gimió Hilbert—. Brown, McGregor, conmigo. Roig, tú y Liz quedaos aquí y llamadme.
—¿Te llamamos si hay algún problema? —aclaró Andrea.
—Eso.
—¡No! —se enfadó Sally—. ¡No, ni hablar, Hilbert! ¡Tú no te mueves de aquí!
Hilbert se apoyó en Brian y se giró hacia ella.
—McGregor. Escúchame —dijo con dificultad—. Hoy has hecho una cosa que pensaba que no harías por mí. Y te lo debo. Pero no ahora.
—Pero no pued… —empezó Sally.
—Por favor.
Ella lo miró a los ojos. Luego negó con la cabeza, suspirando con resignación.
—Mierda… Está bien, voy a por una bolsa portátil de primeros auxilios.
Cuando ella entró en la enfermería, Hilbert se giró hacia Brian.
—Coge las armas. Las vamos a necesitar.
***
RAY Y FELIS
Ray ya iba por la segunda copa de Mimosa cuando Felis lanzó la confesión que él estaba esperando.
—Ray, tengo que ser sincero contigo —empezó Felis.
—No me lo digas, déjame adivinar —dijo Ray, tambaleándose un poco—. Vas a confesarme algo muy importante.
—Pues… sí —dijo Felis.
Ray se le acercó un poco, apoyando medio cuerpo en la barra.
—Algo relacionado contigo, conmigo… Con el pasado y… con el futuro.
La lengua se le trababa un poco.
Felis dio un trago a su bebida pero no dijo nada.
—¿Voy bien? —preguntó Ray.
—Creo que no es lo que crees.
—¿Ah, no?
—No.
De pronto Ray recuperó el habla y el equilibrio.
—¿No es que en realidad eres un espía Triaunuki, has mandado atacar la Fénix 1 y me has tendido una trampa?
Felis escupió la bebida y lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué…?
—Hazte un favor y no te pongas en evidencia intentando disimular que no has accedido a mis dispositivos buscando información.
Durante unos largos segundos Felis pareció estar pensando qué debía decir. Finalmente sonrió.
—Joder… Eres bueno.
—Soy la puta polla. Por cierto, odio el Mimosa. Te lo puedes meter por el culo —admitió Ray, apartando su bebida de delante.
Le lanzó a Felis una mirada de evaluación.
—Me imagino cómo fue la cosa, pero me gustaría que me explicaras cómo pasas de ser un chaval dulce y simpático a dedicarte a vender componentes en este agujero de mierda.
Felis reprimió una risa amarga.
—Pasa cuando unos soldados humanos de la división terrícola del ejército Riawlent piensan que es muy divertido cortarle los brazos al chaval dulce y simpático, solo por diversión. Y entonces el ejército Triaunuki te rescata y te paga unos implantes, con la condición de que trabajes para ellos como espía. El complemento de informática se cobra aparte.
Ray miró los brazos biónicos de Felis con tristeza, y luego bajó la vista de nuevo al Mimosa.
—Esta guerra es una puta mierda. La odio —dijo tras unos segundos.
—Eso es lo que no lo entiendo —dijo Felis—. Llevas todo el día comportándote como si no fueses un traidor. Pero has entrado en mi tienda cogido de la mano de un tío que, no sólo es un oficial Riawlent, sino que además es el protegido del mismísimo General de Ejército Varani.
Así que se había fijado en que iban cogidos de la mano… Joder. Uno no podía tener intimidad ni en el Sector Delta.
—¿Y qué? —preguntó con chulería.
—¿Y qué? Pues que no me cabe en la cabeza que hayas podido pasarte al bando enemigo, Ray…
—No te cabe en la cabeza porque eres un puto gilipollas —dijo Ray.
—¡Y tú eres un traidor de mierda! —exclamó Felis—. ¡Y un mentiroso!
—Je… Yo soy el mentiroso.
—¡Antes me has mirado a los ojos y me has dicho que morirías antes de trabajar para los Riawlent!
—Y es verdad. Pero no dejaría que mataran a mi familia, Felis. Y son ellos los que están amenazados si yo no trabajo para Varani.
Felis miró a Ray. Por un momento pareció estar a punto de ceder, pero entonces negó con la cabeza.
—¿Y también confraternizas con Albert Hilbert porque tu familia está amenazada? No me jodas, Ray.
Una sonrisa cruel cruzó la cara de Ray.
—No, eso lo hago porque folla de miedo.
Vio con satisfacción cómo una serie de sentimientos cruzaban la cara de Felis en fila india: Sorpresa, incredulidad, dolor y repugnancia.
Felis se levantó de su asiento y apuró la bebida.
—Vale. Quería darte una oportunidad porque… Joder, el día que me reclutaron fue el peor de mi vida —dijo Felis—. Pensé que nunca te volvería a ver… Y ojalá hubiese sido así.
—Sí —convino Ray—. Ojalá hubiese sido así.
Se aguantaron la mirada unos segundos antes de que Felis alzara la voz para que el resto de clientes del bar lo escucharan.
—¡Parece que se ha quedado buena noche!
Ante esta frase ocurrieron dos cosas:
Uno: la mayor parte de los clientes se levantaron de sus asientos.
Dos: Ray se echó a reír.
—Jajajajajaja… ¿Pero qué mierda de frase de espía es esa? ¿No se os ha ocurrido algo menos cutre?
—Cállate —le ordenó Felis.
Ray siguió riéndose.
—¡No te rías!
—Es que no puedo… jajajaja no puedo, de verdad.
Uno de los tipos que ahora rodeaban a Felis sacó una especie de machete enorme, se acercó a Ray y clavó el arma en la barra, justo al lado de él.
—Basta de comedia —dijo el personaje. Era otro Triaunuki. Un tipo grande y gordo con cara de capibara.
Ray lo miró de arriba a abajo.
—Uh… Por fin un chico listo —dijo sin perder la sonrisa—. Lástima que sea más feo que pegarle a un padre.
El capibara le pegó un puñetazo sin pensarlo dos veces. Ray se agarró a la barra para no caer al suelo.
Cuando recuperó el equilibrio miró fugazmente hacia la puerta del establecimiento.
—Mucho hablas tú para no decir nada —dijo Capibara. Se giró hacia Felis—. ¿Tú estás seguro de que este sabe algo?
—No es lo que sabe —dijo Felis—. Es la información que es capaz de conseguir.
—Chicos, ya sé que soy la más bella del reino… pero de verdad, estoy cogido —bromeó Ray, con la mano cubriéndose la parte de la cara donde había recibido el puñetazo.
Capibara se giró hacia sus subordinados. En total eran seis.
—Arrestad a este payaso.
Los tipos se acercaron a Ray.
—¡Valevalevale! ¡Esperad! —dijo Ray levantando las manos.
Ellos siguieron acercándose.
—¿Queréis ver un truco de magia? —insistió Ray, levantando los dos dedos índices de las manos —Vais a palmar todos en cuanto cuente tres. Uno… dos… ¡TRES!
Por un segundo, los seis (y Felis) se quedaron paralizados mirando a Ray. Al pasar el tiempo y ver que no ocurría nada, se miraron entre ellos.
—¡Tres! —volvió a decir Ray.
Ellos salvaron el poco espacio que quedaba hasta Ray. Uno le cogió del brazo.
—¡¡HE DICHO TRES, JODER!!
De pronto, la puerta del bar se abrió de golpe.
Lo primero que apareció por ella fue el pie de Brian Brown.
Lo segundo fue una ráfaga de disparos láser.
Lo tercero, fue la voz de Brian.
—¡Ya vamos, tronco, perdona!
Ray se agachó justo antes de que el tipo que le cogía del brazo recibiera un tiro directo entre los ojos.
—¡Ya era hora! —chilló Ray.
Hilbert y Brian entraron sin dejar de disparar. Brian no tenía muy buena puntería, así que tres de los Triaunuki cayeron al suelo heridos pero vivos.
Capibara y los otros dos no tuvieron tanta suerte, ya que fue Hilbert quien les disparó.
Ray oyó un ruido desde el otro lado de la barra.
—¡Cuidado con el barman! —les chilló.
El barman se asomó por encima de la barra gritando y disparando con un rifle de plasma. Brian se apartó justo a tiempo antes de recibir un disparo que le habría destrozado la cabeza. Hilbert disparó al atacante sin moverse del sitio.
Luego, dirigió la mirada hacia Felis.
Durante un momento, nadie se movió. De pronto, Felis se giró e intentó salir corriendo hacia el almacén del bar, donde seguro que habría una salida alternativa. Hilbert le disparó en ambos hombros.
Los brazos biónicos cayeron al suelo y Felis también, gimiendo de dolor.
Ray se levantó mirando a Felis. Luego miró hacia Hilbert y Brian.
—Recibiste mi mensaje.
—Sí —dijo Hilbert, aún sin moverse—. Ya puedes pararlo, es muy molesto.
Sally se asomó desde la puerta.
—¿Puedo entrar ya?
—Sissy, te he dicho que no miraras… —dijo Brian.
—Estoy bien —dijo ella, observando la masacre.
Luego posó la vista en Felis, que aún se retorcía gimiendo en el suelo. Acto seguido miró a Hilbert.
—¿Ya estás contento? —le preguntó.
—Aún no —dijo Hilbert.
Dio un paso hacia Felis, pero perdió el equilibrio y tuvo que apoyarse en uno de los taburetes. Brian y Ray le ayudaron a incorporarse.
Ray reparó en que Hilbert estaba pálido, frío y una mancha de sangre le estaba empapando la parte de arriba del uniforme que se había puesto a toda prisa antes de salir, por el costado izquierdo.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó.
—Nada —dijo Hilbert.
—Le han saltado los puntos —dijo Sally, cruzándose de brazos.
Ray la miró a ella y reparó en que llevaba un vestido cubierto de sangre seca. Luego miró a Brian.
—Han asaltado la nave y Al casi no lo cuenta —le explicó.
Ray notó una furia fría e intensa que le invadió todo el cuerpo. Miró en dirección a Felis con rabia contenida.
Hilbert se soltó de ellos dos y, tambaleándose, se acercó a Felis. Gemía menos, pero aún estaba en el suelo, de lado. Hilbert lo hizo ponerse boca arriba con el pie.
—De todos los errores que has cometido en tu vida, el de entrar con Ray en este antro es el que más caro te va a salir.
Le disparó en la parte derecha del pecho y Felis perdió el conocimiento.
Hilbert se giró y miró a Sally.
—McGregor, mantén con vida a esta escoria.
Y justo después, se desmayó.
***
FELIS
Despertó en una sala minúscula y lóbrega. Le dolían los hombros y, cuando intentó mover los brazos, se dio cuenta de que no los tenía. Era una vieja pesadilla que había vuelto. Empezó a entrar en pánico.
Se dio cuenta de que, además, estaba atado. El pecho le dolía una barbaridad y le costaba respirar. Recordó que había recibido un disparo de arma láser. Recordó también lo último que vio antes de que le dispararan: La mirada azul, fría y cruel del Capitán Albert Hilbert.
—¡Socorro! —le gritó a la nada—. ¡¡Que alguien me ayude!!
Forcejeó sin éxito, pero eso solo hizo que le doliesen más las heridas recientes.
De pronto, una puerta situada a sus espaldas se abrió. Felis oyó pasos y la puerta cerrándose tras él.
En su campo de visión apareció Ray, acompañado por ese tío alto y con cara de tonto, el tal Brian.
Sintió un tremendo alivio al ver que Hilbert no les acompañaba. La sensación se volatilizó cuando percibió la mirada de Ray. Oscura, dura… y despiadada.
—¡Ray!
Ray se apoyó en la pared de delante, se cruzó de brazos y lo miró en silencio.
—¡¿Dónde estoy?! ¡Suéltame!
Brian cogió una silla que había en una esquina y la arrastró hasta colocarla entre Felis y Ray. La puso de manera que la silla miraba hacia Ray, pero Brian se sentó al revés, cara a cara con Felis.
—Tío, para de gritar. Estás acojonando a mi novia y ya ha tenido que aguantar bastante mierda hoy.
—Que le follen a tu novia —escupió Felis.
—Buf… No empezamos bien —dijo Brian.
Miró hacia Ray y este asintió con la cabeza.
—Vale, mira —dijo Brian, volviéndolo a intentar por las buenas—. Te voy a explicar cómo va a ir la cosa, ¿vale?
Felis miró a ese imbécil con odio.
—Hoy han pasado cosas muy jodidas por aquí. Para empezar, Ray dice que programó bien la ID falsa de la nave. Así que a esos piratas que atacaron la Fénix 1 los tuvo que mandar alguien que sabía lo que buscaba y rompió la protección.
—¿Y qué? —dijo Felis.
—Pues que los asaltantes buscaban a algo y a alguien. Buscaban un experimento, un arma o algo así, pero solo encontraron fórmulas y datos. Y además buscaban a Al. Perdón, a Hilbert. Pero se encontraron con un hueso duro de roer.
—Ya lo he visto —admitió Felis—. Es un bastardo la mar de resistente.
Brian sonrió.
—¿Verdad que sí? Pero yo no quiero hablar contigo sobre Al. Eso es cosa de Ray —dijo Brian—. No. Yo vengo a hablar contigo del vestido de mi Sissy.
Felis frunció el ceño y miró a Brian con desconcierto.
—¿Y quién es Sissy?
—Sissy es Sissy —dijo Brian como si eso fuese suficiente explicación—. Se había puesto preciosa hoy. Era un día importante para ella. Por tu culpa ha echado a perder lo único bonito que ha tenido en mucho tiempo, y ha tenido que estar pendiente de ti y de Al para que no la palmárais.
Felis miró a ese tío a los ojos y no pudo evitar echarse a reír.
—¿Toda esta soplapollez es por un puto vestido? —exclamó— ¡Ya le puedes decir a la tal Sissy que venga a comerme los huevos, gilipollas!
—Error —dijo Ray.
Brian se levantó, tirando la silla al suelo en el proceso y le propinó un puñetazo en la cara que tumbó a Felis.
Joder. Ese tío pegaba fuerte.
Brian lo levantó y lo sentó de nuevo en su asiento.
—Sissy es Oleysiana. Ha pasado una infancia de mierda por culpa de la guerra y eso no la ha convertido en una puta espía de los cojones como tú. Si no en alguien que ayuda a la gente sin dudar, aunque no se lo merezca. Así que lávate la puta boca antes de nombrarla siquiera, gilipollas.
—Vale, vale… No me meto más con tu novia.
Brian pareció desconcertado por un momento. Antes de que corrigiese a Felis, Ray intervino.
—Brian, ¿Me permites?
—Claro —dijo, apartándose un poco.
Ray se plantó delante de Felis y lo miró en silencio durante unos segundos. De hecho, fue Felis quien habló primero.
—Ray. Si alguna vez lo nuestro significó algo para ti, suéltame. Tú eres mejor que esos hijos de puta pro-riawlent…
Una sonrisa torcida surcó la cara de Ray. Cuando habló, un escalofrío recorrió la espina dorsal de Felis.
—Nuestra… implicación pasada es irrelevante en estos momentos —dijo.
Y todo. La postura, la inflexión del habla, la mirada… Hasta la voz. Todo era una imitación de Albert Hilbert.
De pronto Felis sintió frío. Y una desagradable sensación difícil de definir se le agarró al pecho.
—Lo relevante ahora son tus acciones del día de hoy y cómo van a repercutir en tu futuro a corto plazo.
Felis lo miró con los ojos muy abiertos. Empezó a temblar sin darse cuenta.
—Quiero que seas consciente de que hoy no solo has intentado venderme como una mera fuente de información para la Armada Triaunuki. Has hecho que asaltaran esta nave, que saquearan mis pertenencias y las de mis compañeros. Has provocado que Sally arruinara su precioso vestido, como ya te ha comentado Brian. Has hecho que Liz tuviera que matar a cuatro personas hoy. Casi haces que maten a mi Capitán y, lo peor de todo, has puesto en potencial peligro a mi hermana.
—Ray… ¡Yo no sabía que iba a pasar todo eso!
—Mentira —lo acusó Ray—. Enviaste piratas. Sabías exactamente lo que iba a pasar.
Miraba a Felis como si fuese alguna especie de bicho aplastado bajo su zapato.
Se giró de pronto para alejarse un par de pasos. Miró de reojo a Brian durante un segundo.
—Vamos a decirte exactamente lo que va a pasar a partir de ahora —dijo Ray—. ¿Brian?
—Sí —dijo Brian, acercándose a Felis—. Verás. El ejército Riawlent es muy tocapelotas con la burocracia y aún más con el presupuesto que nos asignan. Así que vas a hacerme la factura falsa que me prometiste esta mañana en la terraza.
Felis lo miró y luego miró a Ray.
—¿Esto es una broma?
—En absoluto —dijo Ray.
—Ojalá fuese una puta broma, chaval —dijo Brian—. Pero no, necesitamos una factura sí o sí. Con el número de identificación fiscal del ejército Riawlent que es… espera, creo que lo tengo apuntado por aquí.
Brian se puso a buscar el número en su pulsera monitorizadora.
—Esto es absurdo —dijo Felis—. Os juro por mi vida que os vais a arrepentir de esto.
—¿Por? —preguntó Brian—. ¿Estás en negro, o qué?
—¡No, joder! ¡Porque es ridículo! ¡Una factura, un vestido…! ¿Y lo próximo que va a ser? ¿Una propuesta de matrimonio?
Ray aprovechó para acercarse de nuevo a Felis.
—Lo próximo, después de la factura, va a ser que te devolveremos a Cachorro —dijo con frialdad—. No sin antes hacer una denuncia anónima al servicio de inteligencia de la Armada Triaunuki.
—Genial vuestro plan —bufó Felis, burlón—. Denunciar a inteligencia a un tío que trabaja para ellos.
—Sí, y que ha hecho una factura a nombre del ejército enemigo —señaló Brian.
Felis se quedó mudo de pronto.
—Y no solo eso —añadió Ray—. También volverás con registros digitales que demuestran que estuviste en Ojitos de Cachorro en un ataque contra otros miembros de la Armada. Además de unos cuantos documentos falsificados en que se te considera ciudadano Riawlent.
Cuando Felis habló, tras unos segundos cargados, su voz era un hilo.
—¿Qué cojones…?
—Más vale que hagas rápido las maletas si no quieres que te maten los tuyos, lumbrera —le dijo Brian—. ¿Te gustan los dominios Riawlent? Porque es el único sitio donde quizás te dejan entrar con esas credenciales.
Ray se acercó a Felis, que estaba empezando a respirar aceleradamente. Se inclinó sobre él y se quedó a menos de un palmo de su cara.
—Solo tenías que haber sido sincero —le susurró—. Y no haber tocado lo que es mío.
***
RAY
Liz, Andrea y Brian habían limpiado y recogido bastante parte del desastre que habían provocado los piratas, pero aun así, quedaba mucho trabajo por hacer.
Entre Brian, Andrea y Ray limpiaron la sangre coagulada del suelo, organizaron un poco las habitaciones para poder dormir y trasladaron los cadáveres de los piratas hasta la escotilla exterior, desde la cual los lanzarían a la atmósfera de Triaun una vez en espacio abierto.
Cuando Brian y Ray fueron a buscar a Felis para llevarlo de nuevo a Cachorro vieron que Liz estaba en el laboratorio, con la mirada perdida entre el material desperdigado por el suelo.
Brian se acercó con cuidado.
—Lizzy, cariño —le dijo, acariciándole los hombros—. ¿Quieres que vayamos a la sala común?
Ella lo miró como si él hubiese aparecido de pronto.
—¿Eh? Sí… Sí, ya voy —dijo, levantándose de su asiento—. Estoy bien, Bry.
—¿Seguro?
—Que sí —dijo ella en tono molesto.
—Vale, vale…
Liz se acercó a la escotilla rota y antes de bajar miró a Ray.
—¿Vais a soltarlo, no?
Él la miró dos segundos y luego asintió con la cabeza.
—Si no tenéis los cojones de matarlo, puedo hacerlo yo —dijo ella.
—Lizzy… —intervino Brian.
—Cállate Brian —dijo ella, sin dejar de clavar la vista en Ray.
Ray observó los ojos verdes y cansados de ella, y supo que no era exactamente Liz quien hablaba.
—Hay cosas peores que la muerte —le dijo. Ella soltó aire por la nariz y desvió la vista. Ray continuó—. Pero supongo que ya lo intuyes tú misma.
Liz volvió a mirarle. Esta vez, en sus ojos había fuego.
—Sí. Pero no me fío de ti.
—No te queda otra —dijo Ray.
Ella soltó una media risa amarga y se dirigió a Brian.
—Estaré en la sala común —le dijo.
—Vale… —contestó él.
Liz bajó por la escalerilla y Brian y Ray se quedaron en silencio.
Brian toqueteaba algo que guardaba dentro del bolsillo de su mono. Andrea no sabía ocultar un chisme jugoso a su hermano.
—Te dejará —dijo Ray de pronto.
Brian lo miró.
—¿Qué?
—Liz. Si la presionas —dijo Ray—. Te dejará.
Brian frunció el ceño.
—Pues vale.
—¿Te da igual?
—No es asunto tuyo.
—Ya… Pues entonces yo le daría eso que guardas en el bolsillo ahora mismo —dijo Ray—. Y luego le diría a Sissy lo bonita que estaba hoy.
—Vete a tomar por culo, Ray.
Ray sonrió.
—Solo intento simplificarte la vida.
—Eres un puto experto en eso —le reprochó Brian, enfadado—. Por eso ahora vamos a tener que sacar a tu ex de estrangis mientras tu novio actual está en cuidados intensivos.
Durante un momento Ray estuvo a punto de protestar.
—Vale… Touché —dijo al final.
***
En cuanto lo más urgente estuvo resuelto, Ray se dirigió a la enfermería.
La puerta estaba abierta y Sally, aún con el vestido puesto, estaba sentada al lado de la camilla donde descansaba Hilbert.
—Hey —la saludó Ray en voz baja, para no despertar al paciente—. ¿Aún no te has quitado esa cosa?
Sally lo miró. Tenía aspecto de estar agotada.
—Pues… es que me quedaba tan bien…
Ray sonrió.
—Ya, pero… Desmerece un poco así, lleno de sangre…
—Ya… Ojalá Brian me hubiese visto con él puesto antes de todo esto… —suspiró ella—. No habría dejado a Liz, pero… no sé. Me habría gustado que me viese como… Como algo más que Sissy.
La empatía golpeó a Ray en medio del pecho. Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—Sally, a veces estas cosas tardan en llegar —le dijo—. Nunca sabes lo que puede pasar en esta vida. ¿Quién sabe? Igual Brian solo necesita tiempo.
Sally pareció pensarlo un momento.
—Ya, pero… ¿Y si nunca se da cuenta…?
—Pues… Dolerá —dijo Ray, sincero— Pero luego se pasará. Y encontrarás a otra persona.
Como Sally no pareció muy convencida por su argumento, Ray continuó.
—Y esa nueva persona te valorará por la mujer guapísima, competente y jodidamente fantástica que eres, Sally. Te lo prometo.
Finalmente, ella le sonrió.
—Me gustaría quedarme un rato con Albert —dijo Ray tras un momento—. Si quieres, ve a ducharte y a ponerte ropa limpia.
Sally asintió.
—Vale.
La muchacha se levantó y, antes de salir, le dio un beso en la mejilla.
—Gracias Ray.
—A ti.
***
Ray se sentó en la silla que había estado ocupando Sally momentos antes. Le subió un poco la sábana a Albert y lo miró mientras dormía.
Seguía estando pálido, pero tenía un aspecto ligeramente mejor del que le había visto durante el asalto al bar.
Observó cada centímetro de su cara mientras dormía.
Su relación casi parecía de chiste: El Capitán autoritario con la escoria rebelde. Probablemente habría películas con este argumento… Pensó en preguntarle a Brian, que era experto en la materia.
La cuestión era que Ray había estado a punto de perder a Hilbert.
Y eso dolía. Y dolía más porque el brazo ejecutor había venido directo desde su pasado.
Ray alcanzó la mano derecha de Hilbert, que era la que no tenía la vía puesta, y se la acarició.
Ojalá todo fuese más sencillo, pensó. Ojalá no estuviesen en bandos distintos de una estúpida guerra que ni siquiera entendían. Ojalá ese momento de tranquilidad durase para siempre…
Entonces Hilbert se movió en sueños y se despertó.
Miró confuso a su alrededor durante un segundo, hasta que encontró la cara de Ray.
Y, antes de que Ray pudiese abrir siquiera la boca, Hilbert le sonrió.
Y el mundo y las dudas se deshicieron alrededor de ellos.
—Hola —dijo.
—Hola —le respondió Ray.
Se inclinó sobre Hilbert y le besó. Hilbert le respondió. Y, sin saber muy bien cómo, todo volvió a estar bien.
El mundo se recolocó en su sitio. De momento.
La guerra volvió a estar fuera de esas cuatro paredes. Felis pertenecía al pasado, Albert y Ray al presente y el futuro… el futuro siempre estaba por ver.
Se separaron a regañadientes.
—Déjame sitio —le pidió Ray.
Hubo un poco de movimiento incómodo en la camilla, pero finalmente Ray se tumbó al lado de Hilbert. Le abrazó, siendo muy cuidadoso con dónde colocaba las manos. Y, aún estando al borde de la superficie, se sentía cómodo.
Apoyó la frente en el hueco entre el cuello y la clavícula de Albert. Y un rato después, ambos se quedaron dormidos.
***
BRIAN, LIZ, ANDREA Y SALLY
En cuanto salieron del área de influencia de la Armada Triaunuki, Brian puso el piloto automático.
Estaba hecho polvo. No había descansado nada hasta salir de la zona de peligro inminente. Y, aunque la Fénix 1 no reaccionaba igual que siempre, por lo menos podrían llegar al siguiente puerto seguro sin más incidentes.
Se levantó del asiento del piloto y fue hacia la sala común. Al pasar por delante de la enfermería vio a Ray tumbado en la camilla, abrazado a Hilbert. Ambos estaban dormidos.
Hasta él tuvo que reconocer que eran una monada. Una monada capaz de destruir vidas con la frialdad más absoluta y coreografiada que había visto nunca… Pero una monada, al fin y al cabo.
Entró en la sala común con la intención de hacerse un café bien cargado para pasar la noche.
Allí estaban las tres chicas: Andrea, Sally y Liz.
—Hola chicas —las saludó—. ¿Habéis visto a Romeo y Julieta en la enfermería?
Sally, ya duchada y con su atuendo infantil habitual, reprimió una risilla.
—Sí… —suspiró Andrea, quien sostenía una taza de tila en esos momentos—. Dan entre miedo, asco y ternura.
Brian se hizo café y luego se sentó con ellas. Miró a Liz preocupado. No había levantado la vista de su vaso. Estaba bebiendo algo fuerte, con alcohol.
—Cariño —le dijo—. ¿Todo bien?
Liz le miró, de nuevo como sorprendida de que estuviese allí.
—Ah… Sí —dijo. Forzó un poco la sonrisa—. Sí. Estoy bien Bry.
Joder… Él sabía perfectamente lo que se sentía la primera vez que matabas a alguien. Y no podía soportar ver aquello en Liz.
Por un momento, pensó en darle el anillo. No era el momento que él había imaginado, pero quizás… Quizás ayudaba a que ella reaccionara de alguna manera.
Se llevó la mano al bolsillo, pero entonces vio a Andrea. Negaba sutilmente con la cabeza.
Brian sacó la mano del bolsillo y miró a Liz.
—Si necesitas hablar… Yo voy a estar toda la noche en la cabina de mando —le dijo.
Ella le observó con los ojos verdes, inexpresivos.
—Creo que me iré a dormir pronto hoy.
—Vale…
Sally intervino.
—Yo también voy a estar toda la noche despierta —le dijo a Liz—. Por si Hilbert necesita algo.
Contrariamente a lo que Brian pensaba que haría, Liz sonrió a Sally.
—¿Querrás jugar al UNO conmigo? —le propuso.
—Claro que sí —dijo Sally.
—Ah. Eso me interesa a mí también —dijo Andrea— ¿Puedo jugar un rato con vosotras?
—Claro, cielo —dijo Liz.
Brian las miró y sonrió. Se levantó y cogió la taza de café.
—Veo que lo tenéis todo controlado, chicas —les dijo.
Se acercó a Liz y la besó en la frente.
—Pasadlo bien.
—Gracias, Bry.
—Te quiero —le susurró al oído.
Liz le sonrió.
—Yo también.
—Va, lárgate ya —le dijo Andrea.
—Vale, vale…
Antes de salir por la puerta, Brian miró a Sally. Articuló un «Gracias» con los labios y ella, muy seria, levantó el pulgar de la mano derecha sin que Andrea y Liz la vieran.
Brian volvió a la sala de control, sacó la cajita del bolsillo y la puso abierta sobre el panel de mando.
IC 1805, la galaxia corazón, tendría que esperar. Pero de momento, la Fénix 1 seguía avanzando por el espacio hacia la próxima aventura.
